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La ciudad que me habita

 

Texto íntegro del pregón literario pronunciado por el poeta palentino Julián Alonso en el Teatro Principal de Palencia con motivo del inicio de la Feria y Fiestas de San Antolín 2008.

«Ese, se dice, fue otro de los motivos por los que decidió abandonar la ciudad. Le dolía ver su decadencia porque la asumía como reflejo del propio envejecimiento. Sentía la desaparición de tantos puntos de referencia de su infancia como si le amputaran miembros heridos de su propio cuerpo. Así la amaba entonces. Así la sigue amando»

LA CIUDAD QUE ME HABITA

Julián Alonso

Mi amigo prepara, como cada tarde, una taza de café que tomará a pequeños sorbos mientras organiza la clase del día siguiente.

No vive en Palencia. Hace años que dejó la ciudad en pos de tierras más cálidas, hacia las costas de Levante, que le atrajeron como la isla de piedra imán atraía los barcos haciéndolos chocar contra las rocas de la costa.

Tiene ya pensado cuál va a ser el contenido de su lección. De hecho no es la primera vez que utiliza el mismo tema para ilustrar a sus alumnos o como antídoto contra el veneno de la nostalgia que le invade con más frecuencia de la deseada.

Coge uno de los libros que reposan sobre la mesa. Es una novela de Rafael Sánchez Ferlosio, “Industrias y andanzas de Alfanhui”. Lo abre por una página hace tiempo señalada y lee:

…”Palencia era clara y abierta. Por cualquier parte tenía la entrada franca y alegre y se partía como una hogaza de pan. La calle Mayor tenía soportales de piedra blanca y le daba el sol. Las torres también eran blancas, bajas y fuertes y, el río, maduro y caudaloso”…[1]

Se le hace un nudo en la garganta. Deja el libro y toma un pequeño sorbo, ensimismado una vez más a pesar de los esfuerzos por zafarse de los recuerdos que le llegan intempestivos y torrenciales, como llega a veces la lluvia a la ciudad donde ahora vive.

Y se ve bajando de un tren -la eterna cantinela en la cabeza “Estación de Palencia, Unidad Tranvía procedente de Madrid, destino Santander, se encuentra estacionada en vía 2 andén segundo”- y saliendo a los Jardinillos como quien llega al oasis de Siwa mientras le resuenan unos versos viajeros:

Soy la Unidad Tranvía

que circula por ti,

recorriendo paisajes

de doradas colinas,

parando en cada curva

por retomar aliento

y seguir el camino

-distinto cada día-

de tus manos que esperan

y me toman el pulso

en las tardes febriles.

Cada estación es vieja

y nueva al mismo tiempo,

en todas ellas dejo

completo el equipaje

para encontrarlo intacto

en el regreso.

En todas ellas pierdo

una parte de mí,

que ya me voy borrando

y no reflejo

en los espejos sucios

de la sala de espera.

Atraviesa mecánicamente el primer paso de cebra para ver, junto al edificio de Correos, entre las calles de su memoria, al niño que fue, comprando tres cigarrillos “Ideales” y tres cerillas en el quiosco con ruedas de la señora Marcela, entrando, como el joven que ya no es, en el inexistente “Bar La Navarra a tomar una cerveza y perdonarle a la mujer del quiosco que alimentara su clandestina adicción al tabaco y a la señora Carmen, la del bar, sus sábados de alcohol de tiempos más lúdicos. La nostalgia lo perdona todo, incluso lo que duele y más cuando se trata de Palencia, la ciudad a la que su abuelo le enseñó a amar sobre todas las ciudades.

Sigue calle Mayor abajo. Mientras reflexiona sobre el paso del tiempo, en su cabeza se va articulando otro poema:

Con lento tomavistas

repasas las fachadas

de la calle Mayor,

el balcón oxidado

en que no reparabas,

la oscura galería

de los cristales rotos

donde reina el pasado

y la devastación,

los atlantes de yeso

sustentando la tarde.

Te preguntas por qué

no te fijaste nunca

en aquella ventana

de raídos visillos,

el rótulo anticuado

de la ferretería,

las repetidas placas

del “Seguro de incendios”,

los números tachados

de los viejos portales

tenazmente cerrados.

Detienes tu periplo

en el escaparate

que la imagen refleja

de un ser desconocido

con tus mismas facciones.

Le miras a los ojos.

Piensas que la ciudad

envejece contigo.

Ese, se dice, fue otro de los motivos por los que decidió abandonar la ciudad. Le dolía ver su decadencia porque la asumía como reflejo del propio envejecimiento. Sentía la desaparición de tantos puntos de referencia de su infancia como si le amputaran miembros heridos de su propio cuerpo. Así la amaba entonces. Así la sigue amando.

Con los ojos entrecerrados, camina por la calle Carnicerías hacia la Plaza de la Catedral. Mientras acaricia mentalmente las páginas de un poemario escondido en un cajón de su despacho,

La tarde se desliza

desde el reloj antiguo de la torre;

saluda al transeúnte,

al ocioso del banco,

a los niños que juegan,

a la estatua sin ojos

del sol de tantos días

que puntual se pierde

tras los yesos reflejos

del Pico del Tesoro.

Atravesando el parque que hay junto a la catedral, aún cree escuchar a Cres Sanz, la poeta que este mismo año cumplió los 100 y, como ella misma ha dejado escrito, se está “bebiendo un siglo / sin quitarse la sed”. Cree escuchar su voz cascada, hablando de quienes ya esperan poco de la vida y agotan al sol sus últimos días:

Ahí están, como la hierba mustia,

sentados cada día en esos bancos;

el sitio que les ceden y la herencia

de otros que irán llegando.

La vida en sus albores,

para algunos, rompiéndose hecha pedazos,

sin risas de ofrecida primavera,

ni alegre juventud que les robaron.

Muchos son la reliquia de una historia

que protagonizaron.

Los que en el treinta y seis,

-sin convicción, con ella- eran soldados.

Nada importa qué “frente” o qué canciones,

ni el ademán de puño o brazo en alto.

Ahora se sienten viejos,

y en el silencio están disciplinados.

Puede que hablen del tiempo:

que el día está fallando,

que es engañoso el sol,

flacucho, deslavado,

que morirá sin calentar los huesos

ni levantar los ánimos.

Cofrades de callada soledad,

se acompañan de quien se siente al lado,

acaso es el de ayer, quizá otro nuevo,

y nunca se sabrá del que ha faltado.[2]

…………………..

¡Cuántas veces pasó por esa plaza, camino de casa después de su jornada de trabajo, con el andar cansino de un autómata! ¡Cuántos otoños se fijó en los árboles que aún flanquean los jardines!, sobre todo aquel noviembre en que escribió:

La tarde

se ha marchado

sin aviso.

No se ríen

las piedras de la iglesia

con esa risa antigua

que tu sabes

y el plátano más grande del paseo

ha dejado caer su última hoja.

Alguien cruza la calle

y no me importa.

Así llegaba a casa, siempre a las siete de la tarde, y con puntualidad británica asomaba a la terraza para ver pasar el río Carrión a la altura de Puentecillas, un río de orillas verdes, lleno entonces de niños, hombres pescando y las últimas lavanderas, con las sábanas tendidas sobre el césped y grandes cestos de mimbre cargados de ropas ajenas.

Pasaba lento el río por sus ojos, como un vidrio movedizo sin principio ni fin, fluyendo hacia adelante inconsciente de que engrosaría con sus aguas un mar portugués.

De ese modo lo guarda en la memoria, tesoro renovado cada tarde, vivo y fluyente todavía después de los años, discurriendo por las riberas del pasado como una pequeña maravilla sin nombre porque de tanto mirarlo dejó de llamarse Carrión. De tanto mirarlo fue ya, para siempre, “el río que pasaba a las siete” y es “pasaba” porque un día, el mismo de su partida, dejó de fluir y fue como despertar a otras sensaciones dolorosas, como si muy adentro, algún oculto espejo se hubiera quebrado y el agua se derramara por los resquicios del sueño.

Cumplido el ritual de asomar al balcón, como buen animal de costumbres, volvía a bajar de dos en dos los cinco tramos de escaleras sin ascensor, para llegar a la calle de Gaspar Arroyo y encaminarse por la Avenida de Castilla hacia el Puente Mayor, en busca de sus amigos de juventud.

Más de una vez lo encontré no se si enamorado o decaído. En esas ocasiones, le acompañaba calle Valdeserías arriba mientras se recitaba a sí mismo:

Solías silbar

cuando estabas triste,

“Room to move”, de John Mayall

y caminar despacio

a la orilla del río.

Por consolarte decías:

“¿Para qué quiero un recuerdo

que se empeña en doler?…”[3],

pero seguías triste,

seguías solo con la luna

oculta entre las hojas

de los castaños de Indias

y no hallabas consuelo.

Ahora,

la tristeza regresa

de vez en cuando,

como tú,

con más canas

y no te sirve un blues

ni paseas de noche

por aquella avenida

donde te demorabas

como si fuera tu último paseo.

Cultivas los recuerdos

aunque duelan a veces,

aunque a veces te digas

que de nada han servido

tantos años de perseguir quimeras.

Y sonríes.

Junto a la calle Mayor Antigua le dejo ahora, a la altura del Santo Sampedro para que siga solo su imaginario paseo. Enfila entonces hacia la calle del Árbol del Paraíso -…”y que parece mentira su nombre”, dijo una vez con tino un poeta enamorado y así lo recordó a su debido tiempo otro poeta, Marcelino García Velasco, en este mismo teatro que llaman Principal-. Y que parece mentira, pero ese nombre, tan bello para nombrar una calle y durante tantos años postergado, vuelve a lucir otra vez sobre una placa nueva, según le han dicho. Parece mentira, un árbol del Paraíso que con tanto tino recuperó Rafael Oliva, el pintor gruñón y entrañable, jocoso y sabio, que nos regaló una colección de murales que cualquier ciudad envidiaría, el compañero de fatigas nocturnas y palentinas de un poeta del norte y del sur que, sabiéndose de aquí y a la vez forastero, escribió:

Como alguien

que, desde más allá

de los cincelados palacios de la memoria,

llega,

con las últimas luces

del día

y, junto al fuego,

mientras cunde la nieve

que hace imposibles los regresos,

habla,

en un idioma extraño,

de una guerra muy larga

donde perdió su corazón,

y sus palabras despiertan

la desconfianza

y la indiferencia

de aquellos que le oyen

sin entender

su lengua de extranjero,

así

hablo esta tarde

entre la soledad

de un mundo amedrentado y hermoso

como un paladín agonizante

con la esperanza

casi muerta

de que si, acaso, me oye

alguien de mi país

entienda estas palabras,

donde el amor ha puesto sus racimos

incesantes,

y le sirvan para algo.[4]

Aquí, quien esta ensoñación vive, toma un pequeño respiro en su imaginario viaje evocador de recuerdos, otro sorbo de café cuando ya atisba el espejismo de la plaza del Cordón y el edificio que guarda nuestra memoria de barro, pues

Barro en el barro fue

de aquellas gentes.

De su recuerdo quedan

labores de alfarero,

cuencos de tierra

donde albergar la vida.

Porque barro es, y no otra cosa, la memoria de quienes nos precedieron afanándose en esta ciudad, otra y la misma, a través de los tiempos.

Muy cerca está la iglesia de La Compañía y sus encontrados sentimientos de cuando niño pasaba todos los días camino de la escuela, frente a su fachada y se quedaba contemplando, con la envidia que produce constatar la propia pobreza, el bosque de bicicletas ajenas que poblaban los “Talleres Ciclos” o se admiraba del enjambre que cada año se instalaba en el desaparecido y mínimo jardín de vocación africana que daba paso al templo. Esos ojos de niño.

Esos ojos de niño

empañados de asombro

cuando entre los resquicios

de sus piedras doradas

anidaban abejas

y la rara palmera

de aquel jardín salvaje

era como un oasis

perdido en el asfalto.

Y al hilo de su evocación surge otra palmera, la del Sotillo a la que alguien prendió fuego. Y le pregunta:

De qué desierto,

de qué isla del Sur

has venido a morir

a esta ciudad ingrata

que no sabe soñar.

Allí estaba también la pequeña noria y el huerto de almendros, nevísimos almendros inventando un invierno de juguete en plena primavera.

Se duele y se interroga entonces, por qué esta violencia inútil, qué humor maligno puede recorrer el subsuelo de una ciudad para que odie las palmeras, pero, concluye, no es la ciudad, ella no, sino la mano airada que empuñó el hacha o encendió la cerilla, la mente cerrada que dio la orden desde un despacho gris.

Tantos despachos grises. Tantas manos airadas o inconscientes como la que un día hizo desaparecer, por arte de “birli – birloque”, el templete del Salón o la que, ya en tiempos presumiblemente más sensibilizados, dio el visto bueno para el derribo de La Antigua Florida y dejó huérfanos a tantos fantasmas viajeros que desde entonces pasan de largo por la estación.

Menos mal, piensa, que toda la ciudad que fue, todas esas cosas que ya no están, han quedado fijadas para siempre en la memoria de tela y papel de los cuadros de Ángel Cuesta, ese pintor-notario que nunca engorda porque nunca para y ha dado y sigue dando cumplida cuenta de cada piedra de la ciudad en una obra tan vasta como merecedora de un reconocimiento público que Palencia le niega.

Vacila sobre qué camino tomar, abre los ojos y los pierde en el techo, apura mecánicamente un nuevo sorbo y rememora un poema que Manuel Bores escribió de joven. Hablaba en él de una fuente, de unos árboles en círculo, de un lugar iniciático y poco frecuentado del Salón.

Diez castaños, dispuestos

en círculo

como un templo,

son la mandala

donde en noches lunares

compitieron los besos

con el murmullo del agua

que nace de su centro.

En otoño sus hojas

bailan la danza

del fuego.

Cual el sexo, también

el corazón del hombre arde.

Son los jardines

una imagen del mundo.[5]

El claxon de un coche le hace salir de su estado de ensimismamiento. El libro de Ferlosio se mantiene en equilibrio inestable junto al borde de la mesa. Piensa que debe reanudar el trabajo, pero no tiene ganas. Tendrá que improvisar. El café ya está frío. No es la primera vez y lo asume como algo inevitable.

Recupera el hilo del recuerdo que sigue deshilvanando. Estaba, niño aún, frente a la iglesia de La Compañía. Desde allí enfila la calle del general Amor y apenas da unos pasos se vuelve a detener frente al solar que ocuparon los billares de “El Pirata”, donde con sus compañeros jugaba memorables partidas de futbolín, cuatro contra cuatro, y ninguno quería quedarse con el portero, aunque el portero fuera Iríbar. Al fondo se adivinan ya las escuelas de Jorge Manrique. Doña María, la maestra de párvulos que le acogió su primer día de clase y le obligaba a tomar la leche en polvo que de caridad nos regalaban los americanos; Don Isaac, viejo como el mundo pero firme aún enseñando las tablas de multiplicar; Don Pedro, maestro inolvidable, con una bolsa de naranjas en cada mano, Don Luis párroco de San Miguel con su párkinson perenne, le salen a recibir a la esquina de la calle Doctrinos como si no hubieran pasado ya más de cuarenta años.

Se apartan todos para que no les atropelle el repartidor de hielo de la fábrica de gaseosas “Prádanos” con su triciclo.

- “¿Cogiste la coleta del sepulcro de la Catedral? -le preguntan al unísono- mira que si no, no aprobarás los exámenes”. La coleta. Se le había olvidado por completo y ahora teme no aprobar su examen sentimental. “El agua es incolora, inodora e insípida”, le repite Don Pedro su primera lección. “Yo también fui el maestro de tu padre”, interrumpe Don Isaac. “Coge la cacilla y da vueltas a la leche en polvo para que no se hagan grumos”, le urge Doña María.

Baja de nuevo hacia el río, mientras por el cielo se despliegan los vencejos como pañuelos negros en el aire, deteniéndose para contemplar el mejor perfil de la torre de San Miguel, el que se ve desde la calle de la Parra, justo donde estaba la casa donde nació:

“Hay, torre de San Miguel,

bien ceñida y talle esbelto:

¿Quién fue ese toro cruel

que te hizo padecer

con sus cornadas de fuego?…”[6]

rememora la mañana fría en que, camino de la escuela, se encontró con la torre ardiendo y con un romance de José María Fernández Nieto que se le grabó a fuego en la memoria.

Deja que sus fantasmagóricos acompañantes se pierdan en el reflejo de unas aguas que el río se lleva camino del Sur. A esas alturas de su reflexión se le ha terminado el café. Mueve la taza tratando de leer en sus posos el futuro, el futuro que es un río, que es un puente, que es un lento discurrir…

El río de la vida une

las dos orillas de la muerte.

El río de hierro y el puente de agua.

El hombre que habla al puente le construye,

su sombra es la del niño que soñara

tener cuerpo de río, ser materia

de pasión, mineral humanizado.

Sobrepasa la vida, es una góndola

volteada:

Tú deberás dar sentido

al puente de metal que cada día,

como la ciudad, como el amor,

fluye, se crea, se destruye…[7]

El poema es de Jesús Aparicio, pero a él, cuando lo lee, le recuerda a Teodoro Ceinos, un hombre que jamás escribió un verso pero era la persona más cabal que nunca conoció, el último utópico militante, para quien la vida era un río con muchos puentes que servían, sobre todo, para unir personas.

A lo lejos el monte es una pintura de Juan Manuel Díaz Caneja con su gris, con su azul, con su amarillo, con la tenue calima que hace ver el campo como a través de un sueño. Un sueño dentro de otro sueño, “matrioshkas” inacabables que se van destapando para encontrar otra cada vez más pequeña, cada vez más frágil, cada vez más Caneja y sus pinceles de aire, cada vez….

Entre gris y amarillo

Juan Manuel.

Entre gris y amarillo.

Atrapando un paisaje

que nos llena los ojos

y los hunde en la tierra

transparente,

invisible,

destello germinal

de sus pupilas.

Todo existe y no existe,

todo es luz

y detrás de la luz,

la tierra de Castilla

y detrás de la tierra,

Juan Manuel;

gris y amarillo Juan Manuel,

blanco Juan Manuel.

Amarillo de trigo,

blanco de luz,

ceniza gris del tiempo.

Y desde esta ensoñación, enfila otra vez recurrente hacia la calle Mayor, cruzando una vez más esa otra calle Mayor Antigua, tan antigua que varias veces le robaron el nombre. Pisa el asfalto con cuidado, como quien pisa un trozo de la noche temiendo romper su exacta simetría.

La calle Mayor es como el esqueleto de la ciudad, la base que la sustenta entera con las costillas de sus columnas. Quizás por eso escribió Marcelino un día:

Entre las columnas de la calle Mayor canta el sol. Desde lo alto baja la luz a los soportales y acentúa las sombras. Hilera de faroles suspendidos, procesión de luz vertical.[8]

Eso es lo que de golpe se encuentra: noche en el día, día en la noche.La solitaria calle no se queja de sus pasos, el discreto toc – toc imperceptible no la hiere, se pierde en suaves ecos con sordina hacia algún punto oscuro, allá a lo lejos, donde duerme, fundida, una farola. Porque está anocheciendo:

Cae la noche

y la distancia

borra la figura del… amor.

Es blanco el nombre

de la ciudad donde he nacido.

Ha vuelto la cigüeña.

Mi corazón alberga tristeza y alegría.

La noche y la distancia.

Y con la noche

los cines brillan como templos,

se llenan de plegarias.

Entonces

no supe a dónde ir,

es decir, quería ver el mar,

recorrer todos los caminos de la tierra.

Estaba solitaria la pequeña estación de la ciudad.

Tal vez era

el último día de mi vida.

Recitaba leyendas

como si hubiera de morir aquella noche.

Contaban los periódicos

historias repetidas que jamás comprenderemos.

Esa noche no sabía a dónde ir

aunque nunca mi sueño

fue tan cristalino.

La ciudad continuaba a la deriva.

Adios adiós,

Por fin

volví a leer mi carnet de identidad.

El cielo tiene la forma de mis manos.[9]

¿Por qué le vuelven ahora estos versos premonitorios que una tarde escuchó a Fernando Zamora?

Los coches se agazapan en hileras -en su sueño es invierno- ateridos e iguales, silenciosos, como difuntas piedras de colores.

Comienza a lloviznar. Un ligero chispeo color sodio llena la calle de pequeños arroyos huérfanos de mar que se precipitan por las abisales bocas de las alcantarillas.

El viento se delata en el roto periódico que vuela con torpes aleteos de tinta china. Un artículo de Mariano del Mazo, se disuelve en el agua.

No brillan como entonces, sobre el tejado de la casa en ruinas, los ojos del gato sorprendido y los soportales se ponen la gabardina.

Cuenta las columnas como se cuentan los postes del telégrafo desde la ventanilla de un tren, una, otra, otra, en hilera exacta y casi infinita.

Se siente único habitante de una ciudad en la que todos duermen. ¿Y si no despertaran?, ¿y si la Palencia que rememora acaso fuera de verdad un sueño, él el único despierto y la memoria le estuviera jugando una mala pasada?

Con aprensión se dice:

La verdad, la mentira,

qué más da

si todo ha sucedido

o sólo fue invención,

trampas de la memoria,

posos en el café,

palabras al oído

para otro pronunciadas.

Mira al suelo, sus baldosas que se asemejan a grises pastillas de chocolate antiguo y nada encuentra porque nada busca. Sólo la noche y él, viejos amigos de tantos ratos a solas, contándose al oído secretos nunca compartidos.

Ha parado la lluvia y el asfalto refleja la luz intermitente de un neón. La brisa es casi marina. Huele a tierra mojada, a guarnicionería, a ultramarinos, a esparto, entrañables olores de otro tiempo sólo recuperados en noches lluviosas.

Un coche pasa lento por la calle aplastando la luna, que en el charco tiembla como un flan. Piensa convencido que …

La noche es sólo un bar

donde el licor

es un extraño cóctel

de oscuridad y luna

que a veces sirven frío

y otras quema en los labios.

La mañana no tardará en asomarse sobre los tejados.Su sombra, tímida, se aplasta contra el escaparate de la juguetería. Mira, en una especie de placentero duermevela, a las chicas de otro tiempo que pasean bajo los soportales. Tan hermosas, tan ajenas, acaso hermosas por ser ajenas. Como entonces, no se atreve a decirles nada y deja que sigan su camino mientras él reemprende el suyo para desembocar en la plaza de Pío XII. ¿Dónde está el Circo Atlas?, ¿qué fue de aquella jungla en miniatura que la mañana de San Antolín solía visitar para quedarse hipnotizado frente a la jaula de las panteras negras, con sus ojos de abismo que le trasportaban, como ahora, a las películas en blanco y negro de los programas dobles del cine Castilla, a lugares soñados o por soñar, hasta que el vigilante le hacía avanzar por el improvisado zoo?

No olvida. Nunca olvidará al payaso triste, al Tonetti que, el primer año que dejó de instalar su carpa en aquella plaza se quejaba a modo de chiste del que todos reíamos, diciendo que no les dejaban instalarse en el lugar de todos los años y, sin embargo, habían puesto a Ponce “de león”. Fue una de sus últimas gracias. Como él, Tonetti no supo hasta años más tarde que la vida iba en serio, pero entonces al payaso se le había enredado al cuello una realidad que terminó por asfixiarlo.

Se le mezclan las estaciones, los años, las horas. El recuerdo del circo en Ferias le empuja hacia un otoño de hojas arremolinadas por el viento, que pisaba camino del instituto sólo por el placer de sentir cómo se quebraban al peso de su cuerpo, joven entonces, que la niebla del tiempo casi ha difuminado.

Dice, se dice:

Es lenta la agonía de estas hojas

cayendo sobre un trozo del otoño

en donde tú no estás.

¿Acaso sueñas

en este mismo instante en que yo escribo

con otras hojas muertas y otro otoño

tan vacío y tan triste como este?.

Y en esa evocación vuelve a cambiar de escenario, avanza hacia otro invierno de lluvia sin paraguas, allá en los Jardinillos:

¡Qué solo estaba el parque,

qué vacío!.

Con esa soledad que se duplica

en el reflejo informe

de charcos ateridos

y despuebla los bancos.

Nadie en la calle huérfana.

Sólo el invierno.

Ha de coger de nuevo el tren imaginario, regresar al lugar del que partió sin moverse del sitio, no dejar tras de sí retazos de memoria, organizar de nuevo el álbum virtual de los recuerdos antes de aterrizar de su fingido viaje.

Porque ha leído a Tomás Sánchez Santiago, sabe que “todo regreso es desdichado por lo que tiene de dejación, por lo que promete de pérdida.”. Que la última jornada no le pertenecerá “como no pertenece al condenado el último amanecer lechoso que entra por la ventana de su celda”[10], pero sabe también –y eso le consuela- que más pronto o más tarde tendrá que regresar, que el recuerdo es un lento e inexorable veneno, que cuando una ciudad se te mete en las venas, ya no hay quien la saque.

En vísperas de su huida hacia adelante, se lo dije:

Mal que te pese, esto no es Los Ángeles.

Ni tú eres Philip Marlowe,

ni te sigue en la noche un Packard negro

por la Calle Mayor.

Mal que te pese,

es tan sólo Palencia,

una ciudad

donde no pasa nada,

donde no pasa nadie;

el pequeño lugar

del que escaparse

y al que regresarás

como al lugar del crimen.

Conoce también que el viajero es otro cuando regresa, pero él no se ha ido porque en su partida llevó consigo la ciudad que le habita y, cuando vuelva, sólo tendrá que colocarla en su sitio para que se despliegue como un abanico visto desde lo alto del cerro del Otero.

Por el momento le queda el consuelo, triste consuelo, de cerrar los ojos y soñar.

Y sueña. Y otra vez le asaltan los recuerdos de cuando era niño. Y de la mano de su abuela ve a Sebastián Culera, con su talega descolorida al hombro, sus ojos de hombre bueno, su boina sucia del sebo de los años. Y ve al pobre maletilla que lleva un mes haciendo noche junto al portón de la vieja plaza de toros, la que la especulación enterró en el olvido. Y ve las ajadas fotos de becerradas en zapatillas junto al cartel de “pido una hoportunidá” que el desgraciado nunca tendrá porque oportunidad se escribe sin h. Y la h es muda. Y nadie se la ofrece. Y su abuela, caritativa, entrega al pobre meritorio un bocadillo y le echa una reprimenda a ver si recoge las pocas cosas que lleva encima y se marcha a su casa o a buscar un trabajo “como Dios manda”. Y el maletilla la contesta con ojos febriles: “¿a qué casa, señora?, yo vivo en la calle y de aquí nadie me mueve”.

Y de aquí, de Palencia, nadie le mueve, sigue sonando como un eco infinito en su cabeza mientras abre definitivamente los ojos, ya del todo despejado, con la determinación de quien está seguro de que algún día ha de regresar, de que no hay escapatoria posible, por más que pasen años y kilómetros, para huir de la ciudad que le habita.

Por eso se aplica definitivamente en preparar su clase. Por eso en lo que escribe abre su corazón a cuantos quieran escucharle y, con José Maria Fernández Nieto, dice a todos los vientos y a todos los oídos:

Entrad en la ciudad calladamente,

tocad su corazón tocando el mío

y veréis con qué pulso, con qué brío

late todo su ser, de puente a puente.

Pasead por sus calles y en la fuente

de la salud bebed su escalofrío,

haceros agua viva de su río

y corred al amor de su corriente.

Sabedla castellana, innominada,

vividla y olvidad que habéis vivido

para que la llevéis sin que se sienta.

Como la llevo yo, tan olvidada

tan amarrada a mí por el olvido,

que la pronuncio ya sin darme cuenta.

Esto quise decir y esto he dicho.

Palencia, 28 de agosto de 2008.


[1] Sánchez Ferlosio, Rafael. “INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFAHUI”. Capítulo XI (“De la ciudad de Palencia y la herboristería de Don Diego Marcos”). Pag. 45

[2] Sanz Ruipérez, Crescencia. Fragmento del poema “Otra tarde en los bancos del parque”, perteneciente al libro “Rimas del color del tiempo (1988).

[3] Montero, Carlos. Fragmento de canción perteneciente al disco “De las raíces”

[4] Cuadros, Juan José. Poema perteneciente al libro “Los últimos caminos”.

[5] Bores, Manuel. ”Fuente y castaños en el Salón”, del libro RITUALES Y ARQUEOLOGÍAS.

[6] Fernández Nieto, José María. Fragmento de un romance a la torre de San Miguel, con motivo de su incendio y citado de memoria.

[7] Aparicio, Jesús. “El río y el puente”

[8] García Velasco, Marcelino. “Poemas, poetas y Palencia·.

[9] Zamora, Fernando. “Reportaje en 8 mm.”.

[10] Sánchez Santiago, Tomás. “Para qué sirven los charcos”.

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