Un fragmento del epílogo de Nadja, de André Breton:
«Me produce envidia (es una forma de hablar) todo aquel que dispone de tiempo para preparar algo parecido a un libro y que, habiéndolo concluido, sabe cómo interesarse por el destino de ese objeto o por el destino que, después de todo, ese objeto le reserva. ¡Que no me permita creer que, en el trayecto, se le ha presentado al menos una verdadera ocasión de renunciar a él! Hubiera hecho caso omiso y podríamos esperar que nos hiciera el honor de explicarnos la razón. Todo aquello que siento la tentación de comenzar, que requiere un sostenido esfuerzo, hace que me sienta demasiado seguro de que no estoy a la altura de la vida tal como yo la amo y se me ofrece: la vida hasta perder el aliento. Los cortes bruscos de las palabras en una frase incluso impresa, ese subrayado que, mientras se está hablando, se traza debajo de cierto número de frases sin que se trate de sumarlas, la total elisión de los episodios que, de un día a otro o a otro más, trastocan por completo los datos de un problema cuya solución habíamos pensado que cabía esperar, el indeterminable coeficiente afectivo con el que se cargan y se descargan a lo largo del tiempo tanto las ideas más distantes que uno piense expresar como los recuerdos más concretos, hacen que no me sienta con ánimos para examinar más que el intervalo que separa estas últimas líneas de aquellas que, hojeando este libro, parecerían acabar de concluirlo hace un par de páginas.»






