Hace tiempo que llegué al convencimiento de que la Navidad es una gran metáfora. Ocurrió cuando supe de la condición humana, cuando comprendí el significado de la palabra hipocresía, cuando la vida puso ante mis ojos las distintas realidades sociales. Hoy, apenas queda en mí un pequeño rescoldo de aquella Navidad de mi infancia, rescoldo que aproxima recuerdos de un tiempo de inocente ilusión y se ha ido apagando con la misma rapidez con la que yo he ido cumpliendo años.
Otra gran metáfora son los mercados, inclementes, inmisericordes, auténticos sátrapas escondidos tras el disfraz del "yo gano, tu ganas", con la guadaña siempre presta para segar las ilusiones y el futuro de las gentes, a las que han exprimido hasta decir basta. Se les tambalea el becerro de oro, y para evitarlo están dispuestos a sacrificar en el ara del neocapitalismo a todos aquellos que engañaron con falsas promesas y que rendidos, taciturnos, indecisos, dubitativos y acojonados contemplan estoicamente su oscuro porvenir: El posible impago de la hipoteca y el crédito al consumo acechan. Por eso hay que callar, inclinar la cerviz y esperar tiempos mejores.
Hoy, las dudas sobre Portugal han vuelto a sembrar el pánico en el parqué español. El hombre de la calle, ante tanta perplejidad se pregunta qué significa eso de que "la prima de riesgo española vuelve a tocar los 260 puntos básicos". Mañana es sábado. Habrá una tregua hasta el lunes, y habrá fútbol, que todos los males cura. Otra gran metáfora.
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