Ahora que parece tambalearse el pretendido pacto de Estado sobre Educación, con posturas maximalistas negando los postulados del otro, convendría recordar lo que alguien como el teólogo crítico, el recientemente fallecido Enrique Miret Magdalena, sostenía hace treinta y dos años en su artículo El contenido de una ética escolar, publicado en la revista Triunfo.
Miret Magdalena demandaba para el futuro «una educación en el realismo, porque de la realidad profundamente conocida saldrá el descubrimiento de la dinámica constructiva de un mundo nuevo», demanda que no se ha tenido en cuenta y, lo que es más preocupante, se sigue ignorando desde ciertos sectores de la sociedad española que, anclados en posicionamientos dogmáticos, cierran los ojos ante una realidad social que exige formar a niños, adolescentes y jóvenes en esa ética escolar para poder afrontar los retos que hoy tienen delante.
Habrá quien viera en el teólogo un fiel seguidor de la doctrina emanada del Concilio Vaticano II, aquella doctrina de gran calado social que parece haber “arrinconado” la actual jerarquía católica, pero convendría, desde la distancia y la perspectiva que dan los años transcurridos, reflexionar sobre lo que en 1978 afirmaba en relación con el futuro de la Educación, presente hoy.
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