Vengo del campo extremeño, de empaparme de paz y silencio entre encinas y toros bravos. En la falda de la sierra de Montanchez se respira un aire diferente. Lejos del anbiente urbano, contemplando el sobrevolar de las aves rapaces y escuchando el mugido de los becerros, uno tiene la sensación de que todo lo dejado atrás no vale
nada en comparación con la tranquilidad y el relajo que aportan estos campos y su entorno. Aquí el día tiene 24 horas en toda la extensión del término. En la quietud de la dehesa no hay prisas, ni nervios, ni un atisbo del estrés que se observa en las gentes de la ciudad.
Sentado en las piedras del cercado, viendo cómo el sol iluminaba las hojas de las encinas y las vacas amantaban a los becerros, el tiempo parecía detenerse. Me seduce la vida de la dehesa y guardo en mi retina la belleza del paisaje cuando llega el crepusculo. Caía la tarde y se aproximaba la hora del regreso. Cada día me cuesta más abandonar esta tierra, reincorporarme a la vida urbana dejando atrás todo un mundo que me seduce y me cautiva. Una manada de añojos y erales caminaba en parsimoniosa procesión en busca del lugar donde pasar la noche, mientras a mi me iba atrapando la melancolía.
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