La señora Sánchez-Camacho, doña Alicia, candidata del PP catalán, ha puesto de moda un nuevo lema del que sin duda espera sacar jugosos réditos en las próximas convocatorias electorales: “No cabemos todos”. Visto así, desde la óptica de quienes quieren reservase para si espacios exclusivos, y al parecer también excluyentes, no resulta novedoso. Diría más, ni tan siquiera noticiable si no fuera porque en este país nuestro existe cierta tendencia a magnificar las cosas y poner altavoz a cualquier chorrada que se le ocurra al político de turno o al personaje famosillo que se asoma a la pequeña pantalla para contar sus miserias. ¿Esperaban ustedes otra declaración de la señora Sánchez-Camacho? Yo, no.
Los espacios de España, incluidos los naturales, siempre han sido propiedad de unos pocos. Recuerden si no el que nos acercaba hace unos días el diario El Mundo: la imagen del dictador Franco rodeado de miles de perdices yacentes, rendidas a sus pies víctima de su insigne escopeta y de las que en patriótica cacería colaboraron a engrandecer el prestigioso currículo cinegético del morador de El Pardo. España siempre fue territorio de espacios reservados, desde ser la reserva espiritual de Occidente hasta el mayor exponente de la furia que acuñó un futbolista, Belauste, con aquel “a mi, Sabino, que los arrollo”, pronunciado, dicen, en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920.


