Primer movimiento Las hojas de los árboles de mi calle amarillean lentamente desprendiendo cierto olor a melancolía. Alguna lo hace con mayor rapidez y queda a merced del viento, que la maneja caprichosamente llevándola de un lado para otro hasta dejarla abandonada en el asfalto o en la acera. Las ramas comienzan a mostrar su desnudez, quedando al descubierto los restos de algún que otro nido en el que criaron los jilgueros y permitiendo que los rayos de sol se filtren para acariciar el cuerpo ajado de los ancianos que se sientan en el banco de la esquina.
Segundo movimiento Suelen reunirse cuatro o cinco, aunque algunas veces fueron más. Hay tantas bajas como altas en este improvisado lugar de encuentro de octogenarios que apenas intercambian palabra alguna. Se dedican a observar, con la boina calada, las manos apoyadas en el bastón y la mirada perdida. Así están desde el mediodía hasta la hora de comer, hora en la que se levantan del banco a duras penas y, entonces sí, balbucean alguna que otra frase de despedida citándose para el día siguiente.
Tercer movimiento Hace un tiempo que no veía a uno de los habituales componentes del grupo, el mas dicharachero, así que pregunte por él. “Se ha muerto, era ya muy mayor. Tenía 88 años”, me respondieron casi a coro. Ninguno de los allí presentes baja de los 85.
Una respuesta a “Sonata para un lunes de octubre”
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Me ha pareciddo estar viendo un cuadro costumbrista… Precioso.
Desde que noto a mi madre que ha cruzado la frontera, soy muy sensible a ciertas pinceladas y me gusta leer la ternura que destilan algunas plumas.