Duro oficio

No, no es que resultara nuevo para mí lo que acababa de leer, ni que la autocrítica que del ejercicio de la profesión la autora hacía en su artículo descubriera nada nuevo a lo que cada mañana uno escucha, lee y ve en ciertos medios de comunicación

“La vida es una mochila cargada de ilusiones que se van perdiendo poco a poco”, acostumbra a decir un veterano periodista al que conocí recién iniciada la década de los setenta del pasado siglo, cuando ambos nos oponíamos al régimen franquista con la fuerza que dan los veinte y pocos años. Él lo hacia desde un periódico clandestino impreso en multicopista, antes de que terminara sus estudios de periodismo y pasara a ingresar en la nómina de un rotativo madrileño ya desaparecido; yo desde mi recién estrenada militancia política, en aquel hervidero de ilusiones que por entonces era la capital de España.

Ha venido su recuerdo a mi memoria al leer la columna que el pasado viernes firmaba en este periódico Marta Redondo bajo el título Soy periodista. No necesité pasar del primer párrafo para intuir cierto tono de amargura en las palabras de la joven redactora, y también cierta rotundidad al comenzarlo y concluirlo de esta manera: “No sé si quizás me pueda llamar periodista. Y es que muchos están denigrando hasta tal punto nuestra profesión que puede llegar un día que en vez de sentirnos orgullosos, tengamos que esconder la cabeza debajo de la tierra como los avestruces”. El resto del artículo son afirmaciones tan contundes –y alguna preocupante- como ésta. Conviene que acudan a la hemeroteca y lo lean, si no lo hicieron ya.

Lo cierto es que lo escrito por Redondo sembró preocupación en el concepto que del duro oficio de periodista tengo, de las miserias y grandezas de una profesión que, según Kapussinski, “consiste en investigar y describir el mundo contemporáneo, que está en un cambio profundo, dinámico y revolucionario” No, no es que resultara nuevo para mí lo que acababa de leer, ni que la autocrítica que del ejercicio de la profesión la autora hacía en su artículo descubriera nada nuevo a lo que cada mañana uno escucha, lee y ve en ciertos medios de comunicación. Lo verdaderamente preocupante radicaba en que, teniendo por delante un largo camino por recorrer en el mundo del periodismo, las ilusiones de quienes comienzan esta maravillosa aventura puedan verse rotas. No me quedó más remedio que volver de nuevo a Kapussinki: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. Esto lo dice el periodista polaco, recientemente fallecido, en Los cínicos no sirven para este oficio (Editorial Anagrama), todo un tratado, por así llamarlo, sobre el buen periodismo.

La lectura del artículo de Marta Redondo me hizo recordar también un libro que leí no hace muchos años, Los nuevos perros guardianes, periodistas y poder (Serge Halimi, Ediciones Trilce). En el prólogo, titulado Cuando la mierda da dinero, que firma el periodista Rui Pereira, hace referencia a “un viejo chiste de la jerga periodística, muy común en las salas de redacción de todo el mundo“, un chiste que enseñaba “en los tiempos de jóvenes noveles en la profesión, la diferencia entre un médico y un periodista. El primero envenena a uno por vez, mientras el segundo envenena a millones al mismo tiempo. Lo irónico de la broma reside en que no se trata de un chiste, sino, al contrario, de una realidad estructural, inherente al universo mediático dominante, desde su industrialización hasta el grado más perverso al que llegó, en nuestros días, por vía de su mercantilización”. No me extraña que Redondo terminara su artículo de esta manera: “queridos compañeros becarios que estáis empezando en esta senda del periodismo, tened paciencia, aguantad lo que podáis e intentad llevar la cabeza bien alta. Pese a las dificultades que encontréis, podéis decir que sois periodistas”. Suerte. Diario Palentino, 27-08-07

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