Primer movimiento Esta mañana, mientras caminaba bajo la lluvia junto a la orilla de un Carrión cuyas azules aguas de otro tiempo hemos tornado marrones, un joven pardillo volaba de rama en rama hasta aterrizar, exhausto, a mi lado. El jadeo de la preciosa y cantarina ave denotaba el esfuerzo que había realizado por mantenerse en el aire o posada en una rama. Lo recogí cuidadosamente sin que ofreciera resistencia alguna. Ni tan siquiera intentó reemprender el vuelo cuando le cobijé entre mis manos. No podía, empapado de agua como estaba le era imposible despegar camino de un árbol cercano.
Segundo movimiento Pronto acudieron a mi mente los recuerdos de mi infancia, y aquel Currillo enjaulado, pardillo también, que trinaba loco de alegría al percibir nuestra presencia cuando mis hermanos y yo regresábamos a casa al salir de la escuela. Un día Currillo dejó de existir. Engarzado entre los barrotes de la jaula, intacto quedó el cañamón con el que cada día le agradecíamos sus cánticos. Su muerte nos costó una llantina, y en cortejo fúnebre nos fuimos hasta el pinar para enterrarlo en uno de nuestros lugares secretos. Hasta pusimos una cruz en la diminuta tumba que cavamos entre sollozos.
Tercer movimiento El plumaje de mi nuevo Currillo comenzó a secarse con el calor que le proporcionaban mis manos. Poco a poco se movía inquieto entre ellas como si quisiera decirme que estaba listo para reanudar el viaje. Lo lancé al aire y sus alas se encargaron del resto hasta hacerle invisible a mis ojos. En ese momento me acordé de los “espaldas mojadas”, hacinados en los cayucos viajando hacia la libertad.
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4 Respuestas a “Sonata de verano (IV)”
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Precioso. Por lo que dice, lo que significa y el final del escrito.
Vengo a este blog a que me cale el agua de su manantial…
Tierno tu post. Todos tuvimos un Currillo en la infancia y hasta hicimos el mismo protocolo. Lástima que en estos momentos aún muchos viajes en cayuco hacia la libertad acaben de igual forma.
Qué belleza de micro, hermano; me hubiera gustado escribir algo así.
Una joya este escrito, Tomás