Hedor a cloaca

forges011109En tiempos de sequía prolongada, las alcantarillas desprenden mal olor, que se convierte en nauseabundo cuando aprieta el calor o cuando, como ahora, el otoño es más primavera -en algunos lugares verano- que época pre invernal.

En el verano de la economía española, cuando el imperio del ladrillo llenaba las carteras de no pocos, comenzó a oler a alcantarilla. Todo el mundo vaticinaba que la burbuja inmobiliaria estallaría más temprano que tarde debido al exceso de oferta y a que el precio de la vivienda resultaba prohibitivo para una gran mayoría de ciudadanos, a quienes los Bancos cogían por la solapa al menor descuido para ofrecerles una hipoteca en condiciones ventajosas, tan ventajosas que renunciar a ella, con el deseo de propiedad corriendo por nuestras venas, se hacía imposible. Y a la hipoteca le acompañaron uno o varios créditos al consumo y la tarjeta de crédito, imprescindible en vacaciones. Parece que nadie pensó, a la hora de de estudiar las operaciones de financiación, en la máxima bancaria de la imprescindible capacidad de reembolso del posible prestatario. Al menos eso parece desprenderse de la elevada tasa de morosidad de una gran mayoría de entidades financieras.

Pero como el dinero circulaba fácil y barato, brincando por doquier, eludiendo al Fisco el que podía, posiblemente escriturando inmuebles por un precio y pagando otro, con salarios mileuiristas -quizá compensados bajo cuerda en algunos casos- en un mercado que bullía y bullía, tan predecible como ninguneado su final mientras la alforja continuara llenándose… O sea: un retorno al Siglo de Oro de nuestra literatura,   escenario propicio para que surgiera el pícaro que los españoles llevamos dentro.

Un día nos enteramos de que había 54.000 millones de euros fuera del control del Banco de España. ¿Quién los tenía? ¿Dónde estaban?  Preguntas sin respuesta que el tiempo, y la Fiscalía Anticorrupción, parece  se están encargando de responder destapando día tras día posibles casos de corrupción. Hasta ahora parece que comienzan a purgar sus culpas los presuntos corruptos. Nada se sabe de los posibles corruptores. Sí, huele a cloaca y el olor es nauseabundo. Lo malo es que no quedan pañuelos para taparse la nariz.

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