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No es la primera vez que hago referencia a esta controvertida asignatura (algo tendrá de buena cuando los obispos invitan a objetar contra ella) ni será la última. Habrá que defenderla si sigue siendo atacada de la forma que lo está siendo. Pueden ustedes darse una vuelta por la blogosfera para comprobarlo. Afortunadamente también hay otras posturas, convincentes para mi, y otras opiniones que merece la pena conocer. No hace mucho, una asidua lectora de este blog recomendó un artículo del Ideal Digital, titulado Ciudadanos y creyentes, con la firma de José María Castillo. Como el enlace es un tanto farragoso de construir, dejo a continuación el artículo para quien tenga interés en leerlo. Merece la pena.

CIUDADANOS Y CREYENTES

José María Castillo (Doctor en Teología y jesuita)

CUANDO en España hablamos de ‘ciudadanos’, nos referimos normalmente a los habitantes del Estado como sujetos de derechos políticos, que intervienen ejerciéndolos en el gobierno del país. Por su parte, ‘creyentes’ son los que profesan una determinada fe religiosa. El creyente, por tanto, es el ciudadano que no se limita a ser sujeto de derechos políticos, sino que, además de eso, acepta libremente unas creencias religiosas, con las obligaciones que tales creencias llevan consigo. Aquí es decisivo dejar claro que lo primero en la vida es ser buen ciudadano. Y después, sobre el ciudadano, se edifica el creyente, en el caso de los que quieren libremente serlo. En consecuencia, cualquier habitante del Estado no puede ser un buen creyente si no es un buen ciudadano. Es más, la primera obligación, que cualquier confesión religiosa debería imponer a sus adeptos, tendría que ser que éstos sean buenos ciudadanos. Un creyente que, basado en sus creencias, atenta contra los derechos del ciudadano, es no sólo un mal ciudadano, sino además un mal creyente. Y conste que, al decir estas cosas, no se trata de subordinar lo divino a lo humano. El problema está en que no puede ser divino lo que entra en conflicto con lo verdaderamente humano.

Pero, con decir eso, la cuestión no queda resuelta. Porque, según las creencias religiosas, los derechos políticos provienen de los hombres mediante consenso constitucional, mientras que los deberes religiosos provienen de Dios y son aplicados mediante leyes presuntamente divinas que obligan en conciencia. Como es lógico, aquí no pretendo resolver los numerosos y complicados problemas que esto plantea en la conciencia de muchas personas. En todo caso, una religión que divide a los ciudadanos, en lugar de unirlos, ¿de qué Dios puede provenir? En otras palabras, ¿qué Dios puede haber detrás de una religión que privilegia a unos mientras que humilla, margina y degrada a otros? Sean cuales sean las especulaciones teológicas, que se hagan sobre este asunto, está claro que un Dios que mueve a la gente a hacer tales cosas no puede ser el Dios que da sentido a la vida de los humanos y esperanza a los mortales. Yo no creo, ni puedo creer, en semejante Dios. Ni en su religión. Ni en los que, utilizando el santísimo nombre de Dios, se dedican a endemoniar la convivencia humana.

Es importante, en la situación que se vive en España, tener esto claro. Los políticos proponen una asignatura de educación para la ciudadanía, mientras que los obispos exigen una asignatura de religión. Si la asignatura para la ciudadanía se ajusta a los derechos que establece la Constitución, no sólo es buena, sino que es enteramente necesaria y debe ser obligatoria para todos por igual. En el caso de la religión, el Estado no confesional debe enseñar lo que es común a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, su razón de ser, su naturaleza, su historia. El adoctrinamiento o la catequesis de cada creencia, es algo que debe enseñar cada confesión a sus adeptos. El día que estos criterios se apliquen, con claridad y firmeza en nuestra sociedad, la convivencia entre los españoles será más pacífica y en nuestro país habrá menos crispación y más bienestar. Es una desgracia que los políticos, por una parte, y los obispos, por otra, no se den cuenta de cosas que, a poco que se piense en ellas, parecen ser lo más coherente y una de las cosas que más pacificarían a nuestra sociedad.

Pero hay más. Con frecuencia, muchas personas conceden más importancia a los ‘deberes’ del ‘creyente’ que a los ‘derechos’ del ‘ciudadano’. Por ejemplo, el artículo 14 de nuestra Constitución establece que «los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». Son los derechos básicos de los ciudadanos. Pero ocurre, con frecuencia, que hay creyentes convencidos de que, de acuerdo con sus creencias, tienen el derecho (incluso el deber) de discriminar, censurar, criticar, marginar y hasta ofender a quien no se ajusta a los postulados o deberes que le dicta al creyente su creencia. Es lo que sucede con frecuencia en asuntos de sexo, de religión o de opinión, Y entonces nos podemos encontrar con hechos auténticamente esperpénticos: personas que, en ambientes eclesiásticos (o en su propia familia), tienen que ocultar sus ideas políticas o religiosas, su condición sexual, sus amistades y, por supuesto, su intimidad. Matrimonios rotos que no se atreven a separarse por el «qué dirán». Programas de una emisora religiosa que, desde las creencias (o intereses) de sus patronos, se cree en el derecho de insultar a todo el que no comulga con sus ideas. Clérigos de todo rango que, desde sus altares, amenazan, atemorizan y meten miedo.

Los que así se comportan no se han enterado del proceso que estamos viviendo. Me refiero, como ha dicho Marcel Gauchet, al «proceso de retirada de la religión». Pero «retirada de la religión no significa abandono de la fe religiosa, sino abandono de un mundo estructurado por la religión, donde ella dirige la forma política de las sociedades y define la economía del lazo social». En otras palabras, la retirada de la religión es el paso a un mundo en que las religiones existen, pero en el interior de una forma política y un orden colectivo que está determinado no por los creyentes, sino por los ciudadanos.

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  6 Respuestas a “Educación para la Ciudadanía”

  1. Hay que aclarar que J.M.Castillo sigue siendo doctor en Teología, pero ya no es jesuita.
    Concretamente, desde el pasado 16 de Mayo.

  2. Gracias por la aclaración, Senior Citizen.
    Un saludo.

  3. No sé si será buena o mala, Saldaña, no saques con tanta prontitud conclusiones. Los obispos la atacan porque la asignatura de religión ha desaparecido; de ahí que ataquen todo aquello que trate de rellenar el hueco dejado por la religión.
    En principio el título promete, ójala que sirva para enseñar a ser personas a los chavales.
    Tu artículo me ha recordado un examen que hizo uno de mis hijos; le preguntaban las partes de la misa. Él, muy en su papel de “sabelotodo”, contestó: la hostia, los bancos, una mesa, vino y un cura; gente, poca, cada vez menos.
    Que tenga usted un beun domingo
    Ángeles

  4. Como la mayoría de los jesuitas que he conocido, tiene un discurso bien construido, una mente clara y una libertad de pensamiento que hay que aplaudir.
    Estoy con él, el estado debe ser laico, la religión debe apartarse de su dirección y su construcción.
    Por otra parte, pienso que el estado debería fomentar y apoyar todas las manifestaciones religiosas y no enfrentarse a ellas, porque el desarrollo espiritual es un gran valor para sus ciudadanos.
    Yo asimilaría este apoyo al que se hace a la cultura, si la entendemos como algo más que el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico (definición de la RAE); si la identificamos como las formas de hacer, sentir y pensar de la Sociedad.

  5. Muy acertado Paniagua en sus reflexiones.
    Yo, de nuevo

  6. A mi me parece bien que haya asignaturas que fomenten a los alumnos los valores democráticos (libertad, igualdad,justicia…). Lo que no me parece correcto es que se toquen temas morales. Yo soy católico y no estoy de acuerdo en que todos los alumnos deban cursas Religión. Lo que sí tengo claro (y supongo que como yo, millones de personas, no las del pensamiento único) es que la Religión es uno de los aspectos más influentes en la Historia de la Humanidad y por tanto se debe enseñar, por lo menos, la historia de las distintas religiones. Esa es mi humilde opinión. Gracias

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