Ayer hice un viaje de esos que aquí, en mi tierra, llamamos de “ir y venir en el día”. Cuando llegué a casa, con la noche consolidada ya, mi cuerpo estaba hecho unos zorros. El trajín que supone el incesante caminar de un lado para otro, sin apenas descanso, pasa factura cuando uno va entrando en años. La edad no perdona. Además, el tren se encargó de recordarme permanentemente durante el viaje de vuelta que el tiempo pasa. Vaya si pasa.
(La imagen de la izquierda es una gentileza de Virginia Seguí; un grabado de Eusebio Planas realizado para ilustrar el artículo sobre la mujer norteamericana escrito por Gregoria Urbina de Miranda)
El tren, viejo, trasnochado casi, agolpó recuerdos en mi mente. Le diferenciaba de aquellos que tanto frecuenté en mi juventud la presencia de interventora en vez de interventor; o revisora e vez de revisor, como prefieran. Correcta ella, educada, elegante, en sazón -no busquen el lado peyorativo-, incluso amable. Toda una mujer. Había otras diferencias, más significativas si cabe, como era la enorme cantidad de jóvenes que ocupaban lo que RENFE llama pomposamente clase preferente pero que de preferente tiene poco. Le faltaba al mal llamado Estrella el olor a carbonilla para recuperar la imagen de aquellos correos que circulaban de madrugada, repletos de gente variopinta portando maletas de madera, amarradas con un cíngulo de cuerda para mayor seguridad, y de algún que otro baúl cargado de no se sabe que cosas.
Pero los tiempos han cambiado, y aunque permanezca aún cierta reminiscencia de un pasado reciente, la diferencia fundamental estriba en la gente, en su actitud, en su porte… Sobre todo en las mujeres: guapas todas (mi concepto de belleza va más allá de lo físico) , jóvenes, desenfadada alguna, serias las más, ajenas a su alrededor y sabedoras de ser observadas. Casi todas portaban ese aire de suficiencia que da la cultura, el sentirse seguras, la independencia -económica tal vez no-, ¡la libertad! Impensable lo visto por mis ojos si vuelvo la vista atrás y contemplo los caminos de hierro de hace tan sólo 20 años. Una muestra más del cambio radical que ha dado este país nuestro al que alguno sigue intentando anclar en un pasado finiquitado ya.
La mujer, señores míos, ha irrumpido con tal fuerza en la sociedad española que resulta difícil, muy difícil, hacer abstracción de su presencia en todos los ámbitos. Hasta en el tren eran mayoría, significativa y, ¡qué caray!, agradable. Cuando descendí del vagón, llevaba mi ánimo impregnado de cierto olor a mujer, ese olor que desprende el recién estrenado siglo. Una joven meció sus cabellos, me sonrió, subió a un taxi y se alejó. Los alrededores de la estación también quedaron impregnados de perfume, femenino por supuesto.
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Cuando en 1881 se publicó “Las Mugeres Españolas, Americanas y Lusitanas, pintadas por sí mismas”, se incluyó el artículo: La mujer Norte-americana escrito por Gregoria Urbina de Miranda y el grabado que Eusebio Planas realizó para representarla era una mujer bajando de un tren. En una mujer , hasta hace relativamente poco, viajar ha estado muy mal visto, pero de eso hace ya mucho tiempo y hoy día está superado y como tú muy bien dices, estamos incorporadas con normalidad a casi todos ámbitos de la vida.
Un abrazo. Virginia
Precioso el final de tu post. Dicho esto, pues es cierto, la mujer está presente en todos las situaciones de la vida, en nuestra sociedad, aunque aún falta por recorrer mucho camino. ¿Y dónde estaba antes?. mis hijs no entiendesn que la situación de la mujer fuera distinta a la que ahora es, la situación es totalmente
normal y como dices tú bienvenida sea.
Muy linda narración; aunas una historia, un tren, la mujer y la voz que narra, espectadora y reflexiva. Me encantó.
Me ha gustado tu relato Tomás. Siempre con la mujer de fondo: su perfume, su larga cabellera al viento, sus formas, sus aires al andar… Todo belleza en suma; no nos deja otra opción que admirarla y luego amarla. Nosotros, que somos de otra generación anterior, y que nos tocó currarnos a base de bien el poder estar con una mujer, bailar simplemente, tras recibir mil y una calabaza; no podemos por menos que sentir una cierta envidia, matizada por los años, de las generaciones actuales, donde si alguien le gusta a alguien va y se lo dice y ya está, bien sea el chico a la chica o la chica al chico, da igual. Fuera las distancias, el qué dirán, el no me atrevo… Todo mucho más fácil y sincero, creo también. Claro que luego no es oro todo lo que reluce, como siempre en la vida…
Javier: No sé de que generación serás, pero la mía es ya bien “antepasada” y, sin embargo,no me reconozco en lo que dices.
Debimos vivir en mundos distintos…
Senior Citizen: Yo tampoco te entiendo. Si eres de la generación que dices ser, ¿a tí las chicas te pedían baile en las discotecas? ¿Cuántas chicas se te insinuaron claramente, diciendo por ejemplo, me gustas, salimos al cine esta tarde, al baile, etc. etc.? Porque a los de mi generación las calabazas abundaban al finalizar el baile, y así uno y otro día. Es más, incluso en el baile suelto, había que pedir baile para poder mover el esqueleto frente por frente de ellas, ¿o no?. Eso es lo que quería decir solamente. Saludos.
Javier: Soy tan ANTIGUA que, en mi época, no había discotecas. Bailabámos en las casas y en las “fiestas de Facultad”. Tan antigua también, que el único baile suelto era el rock.
Pero una chica podía decirle a un chico: “Me apetece bailar esto” o: “¿A que no te atreves a bailar esto conmigo?”. Y no pasaba nada.
Hombre, no pongas las cosas tan negras, que van a creer que somos del siglo XIX….
Mmmm..yo nací en 1960. Y todavía nosotras cuando empezamos a ir a discotecas, (aunque yo iba a pocas) teníamos que esperar a que nos dijeran el “bailas”, porque si lo decías tú “a saber qué tipo de tipa eras”; con perdón por la expresión.
En el año 75 por ejemplo, con quince añitos, lo más que se le permitía a un chico en el colegio era que te siguiera hasta casa; pero como te dijera algo y no lo conociera tu familia y supieras que “era de buena familia” ¡ay de tí si se te ocurría darle conversación.
Y ni os cuento de fumar o entrar en un bar solas…fumar era de “carreteros, marimachos y no era propio de señoritas”. Eso lo he vivido yo, qué queréis que os diga; no en mi familia, pero sí en mi ambiente. Hasta 1976 en el colegio llevábamos uniforme (horrendo, por cierto) y las clases estaban separadas por sexos. Y en los recreos jugábamos separados.
Y subíamos las escaleras “en fila y con los brazos cruzados”; esa frase la tengo grabada. Si descruzabas los brazos te ponían de “cualquiera” para arriba. (En el colegio,digo).
No digamos de llevar pantalones…yo por circunstancias físicas los llevaba y tuvimos que pedir permiso a la dirección del colegio. Y en la calle que una cría llevara pantalones, la (me ) miraba todo el mundo como si fuera un extraterrestre.
No se trata de que fuéramos del siglo XIX sino de que vivíamos en UN PAÍS que “estaba” en el siglo XIX…
Pues no lo entiendo…
Yo usaba pantalón antes de que tu nacieras, en los 50. Precisamente, entonces estaban de moda los “piratas”, como ahora. Tengo fotografías que lo demuestran, en blanco y negro, por supuesto.
Y también por esa época, empecé a fumar… y lo dejé porque no me gustaba. Pero mis amigas sí lo hacían.
En el colegio habíamos tenido uniformes, filas y demás, pero fué mucho antes. En los 60 – cuando yo ya no estaba- suprimieron el uniforme.
La verdad es que no sé si hablamos de países distintos o de zonas distintas. Quizá en el sur estábamos algo más liberadas…
Senior Citizen: En primer lugar, mil perdones, porque, como ves, en todo momento he creído que mi interlocutor era un chico, bueno que tu nombre era masculino y así continué con el relato de los hechos. Luego, he visto que hablas de ANTIGUA y lo he entendido todo. Pero, en cualquier caso, sigo opinando lo mismo en cuanto a lo de los bailes y demás (y sólo por poner un ejemplo bastante visual y palpable), porque así ocurría en el resto de los terrenos de la sociedad. No creo que la época a la que nos estamos refiriendo, tenga que ser distinta a como realmente fue porque los hechos los cuente un hombre o una mujer; porque cada uno por su parte seguro que estaba incómodo/a en ella y luchó por mejorarla en este y en otros aspectos. Quizá el mayo del 68 francés tuvo mucho que decir a este respecto. Pero la época a la que me refiero fue la que fue y así hay que reconocerlo. Y era el siglo XX, ayer como quien dice. Allí, los que se salían de la norma, pocos seguramente, eran sobre todo “niños/as de papá” que lo tenían todo mucho más fácil, tenían sus círculos bastante cerrados, sus clubes privados, etc., etc., y eran un subgrupo poco representativo de la realidad que se vivía. ¡Lo que hemos cambiado desde entonces en este terreno!. Y para bien, desde luego, pues ahora todo es mucho más fácil, más sincero y sin rodeos, en el aspecto al que nos estamos refiriendo.
Creo que Alena Collar, por lo que dice (somos de generaciones próximas), va más pegada a la realidad en este sentido y lo comparte igualmente. De acuerdo por completo. Un saludo.
Quiero dejar claro que, cuando hablo de que aquellos tiempos no fueron tan terribles como los pintáis, me estoy refiriendo a los aspectos que aquí se han mencionado(el baile, la ropa, etc)
Sí fueron tremendos en cuanto a cosas más importantes, como la libertad de expresión, de manifestación, los derechos políticos y ciudadanos.
Yo no era -ni de lejos- una “niña de papá”, ni vivía en círculos cerrados o clubes privados.
Pero sí me movía en el ambiente universitario, y todos sabemos que el final de los 50 y todos los 60 fueron muy activos en la Universidad y que, como ha dicho hace poco, en una entrevista, la académica Carmen Iglesias, la Universidad fué en aquellos años una isla de libertad en un mar de represión.
A modo de anécdota y recordando lo dicho por Elena Collar sobre el uso del pantalón, quiero añadir que, en los 60, los vaqueros eran nuestro “uniforme”. Resulta inconcebible una sentada o una carrera delante de los grises con falda….
¿Por qué senior citizen te suena masculino? (Me refiero al nombre, claro). No hay ninguna referencia al género gramatical en el nombre.
Sobre lo otro, bueno, yo soy menos antiguo, pero creo que no hay que menospreciar las diferencias que había en las épocas de las que hablamos entre pueblos y ciudades, unos barrios y otros, el mundo del trabajo y de la universidad… Posiblemente ahí estén las fuentes de tanta discusión.