Javier Cortes que estás en los cielos

Querido y llorado Javier:

Tengo tantas cosas que contarte que no sé cómo empezar. Fijo la mirada en el título que he puesto a este escrito que pretendo dirigirte y me parece mentira que llevemos casi dos meses y medio sin ti. La muerte se presentó de súbito y te llevó para siempre. Traicionera, no aguardó a que vieras cómo tu Villa exhibía su nuevo rostro. Huérfanos, nos queda el recuerdo, tu obra, tu ilusión, tu pasión, tu vida… ¿Sabes que son decenas de miles las personas que ya la han visitado, disfrutado y loado tanto su continente como su contenido? Pero en torno a ella hay claroscuros, Javier, nubarrones que eclipsan el sol radiante que iluminó su reapertura. Son cosas nuestras, actitudes incomprensibles que a rebufo de tu ausencia muestran su lado más oscuro. No, no honran tu memoria precisamente. Celebrarán misas, sí, y organizarán actos conmemorativos en tu honor cargados de boato y pomposidad. Te concederán medallas a título póstumo, como acostumbra esta tierra para reconocer la abnegada labor de sus hijos ilustres. Pero dudo mucho de que continúen tu labor, que culminen tu sueño… Por la claraboya de nuestra idiosincrasia se escaparán tus deseos y serán otros los que querrán hacer historia con tu historia.

A La Olmeda, tu Villa, Javier, le ocurre lo que a Andrea Soriano, la protagonista de la película Gary Cooper que estás en los cielos, de la como tú desaparecida Pilar Miró. Roza la cuarentena, como Andrea. También tiene gran éxito, pero sentimentalmente, como ella, se siente sola. Si la mujer cuyo personaje encarnó Mercedes Sampietro estaba enamorada de Gary Cooper, tu Villa lo está de ti. No puede dejar de evocarte, de aproximarte tras la intervención a la que fue sometida. Ahora, felizmente recuperada, abre de par en par sus puertas para acogernos, lo que hubieras hecho tú de vivir, de seguir entre nosotros. Pero… su soledad es inmensa tras tu ausencia ¿De qué nos sirven esas puertas franqueadas si tras tu desaparición ya nada es igual? Fíjate si no es igual que hasta Saldaña, tu Saldaña, se siente ninguneada. Aquel Museo que forjaste no existe, sigue enclavado en la antigua iglesia de San Pedro, pero no existe. Lo han borrado del mapa. Resulta sangrante comprobar cómo a tu Villa, que llevó en sus entrañas los objetos que en el Museo se exponen, le han “robado” el recuerdo y la imagen de sus hijos. Ni una sola referencia, ni un folleto informativo, ni una entrada combinada para visitar la Villa y el Museo; ni una sugerencia de la existencia de éste encuentra el visitante que acude a contemplar a Ulises en su retiro… Nada. La más absoluta negación de una evidencia: que el Museo existe y está en Saldaña.

Javier, vivimos en una tierra silente. Ante el atropello, calla Saldaña, calla la Vega y callan sus gentes; callan los políticos, callan los intelectuales, callan los patricios y callan los plebeyos… Y calla la institución que a los cuatro vientos proclama sentir pasión por lo nuestro. Sólo se escucha el grito del silencio. Es tanta la inhibición, tanta la atonía, tanta la falta de compromiso que esta tierra destila que sólo el eco que retornan los vetustos muros de la iglesia de San Pedro nos saca del letargo. Sí, en sus cercanías se escucha devolviendo ese grito, que toma cuerpo, que se hace voz: ¡Javier, Javier, Javier!, parece decir reclamando tu intercesión, tu protección, tu ayuda… Descansa en paz, si es que te dejamos, Javier Cortes que estás en los cielos.

PD. Hace unos días te vi, puente arriba, camino de Saldaña. Regresabas de La Verdera acompañado de Obdulio, con tu chaqueta de pana al hombro, sin calcetines y con aquellas alpargatas que iban pregonando tu humildad. Diario Palentino, 16-05-09

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