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El hombre inservible

 Publicado por en 27 abril, 2009
abr 272009
 

Hoy me he encontrado con un parado. He charlado con él compartiendo unas cañas de cerveza y le he preguntado por su situación.  Media hora duró su  monólogo ininterrumpido. Después, yo, silente, he pagado las cañas, le he dado una palmada de consuelo en la espalda, le he dicho que cuente conmigo para lo que necesite y me he ido para casa mascullando su historia.

Ya en casa, vino  a mi memoria un relato basado en un hecho real que escribí hace unos años. He vuelto a comprobar cómo la novela negra de la vida se reescribe constantemente. Este es el relato, El hombre inservible:

«La noche caía sobre la ciudad mientras el ronco reloj del Ayuntamiento desgranaba campanadas con tañido perezoso. A lo lejos se divisaban con dificultad las luces de neón de la que fuera antigua taberna, convertida hoy en moderna cafetería, «lugar de encuentro de solterones y descarriados», como le repetía hasta la saciedad su anciana madre.

Caminaba parsimonioso. Embutido en su negro gabán, con el cuello alzado y la gorra calada hasta las cejas, enfiló calle arriba. Acababa de regresar de la capital vecina, donde había mantenido una entrevista en una empresa de consultoría encargada de la selección de personal para optar a un puesto de trabajo, puesto para el que creía contar con el perfil adecuado.

La niebla, inmisericorde, calaba hasta los huesos. Las piedras de la calle cobraban un brillo especial ofreciéndose a la luna que, tímida, apenas asomaba semioculta tras el campanario de la Iglesia cercana. Todo era silencio en la fría noche de un día oscuro en la vida de aquel hombre.
No olvidaba lo acontecido aquella tarde. Apenas bajó del autobús tomó un taxi y se dirigió al lugar donde le habían citado para la entrevista. Tenía en su retina el aspecto serio de aquel veinteañero de pelo engominado que, tras el ritual apretón de manos, le recibió con un lacónico «Siéntese, por favor». Recordaba el interrogatorio al que había sido sometido tras la lectura que el joven hizo de su currículum. No podía apartar de la mente aquel «Así que autodidacta y, con seguridad…» que, a bote pronto, le espetó quien por la edad podría ser su hijo.

Habían transcurrido treinta años desde que una vez terminado el servicio militar, y con el bachillerato como bagaje, abandonó la ciudad natal en busca de futuro. Ahora, con cincuenta a sus espaldas y después de más de veinticinco como mando intermedio en una empresa que dio en quiebra, había pasado a engrosar las listas del Instituto Nacional de Empleo. La quiebra de la empresa -que según él podía haberse evitado- le obligó a regresar a su lugar de origen.

«Comprenderá usted, señor, que, dada su edad, el potencial por desarrollar es escaso y tampoco su imagen, discúlpeme, ayudaría en el desempeño de un puesto que requiere cierta presencia…». No daba crédito a lo que estaba oyendo. «Además, el perfil que exige el puesto se corresponde con el de un hombre dinámico y usted estará ya de vuelta de todo, supongo», aseveró con énfasis el entrevistador.

De nada sirvió la exposición que hizo, aportando la experiencia como aval y su trayectoria en la empresa donde trabajó durante tantos años. De poco le valió mostrar la más de media docena de certificados, en los que constaba cómo había superado otros tantos cursos que realizó con objeto de ampliar conocimientos. El escrito que adjuntaba al currículum, y que contenía buenas referencias, le dio la impresión de que tampoco había causado efecto alguno. La suerte estaba echada.

«Lo siento, pero mi informe no puede ser favorable a su contratación», fue la contundente respuesta que obtuvo de aquel «niñato» de la empresa consultora. Herido en su orgullo se fue cabizbajo, abatido… mascullando algo ininteligible.

Sintiéndose inservible, con la niebla y la zozobra como únicas compañeras, se perdió en brazos de la noche».


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