Seguí el último pleno celebrado en el Congreso de los Diputados hasta que me harté de ver como sus señorías se tiraban una vez más los trastos a la cabeza con ese lenguaje tan ejemplar que utilizan mientras en la calle miles de ciudadanos siguen haciendo cola en las oficinas de empleo. Uno, en su ignorancia, no alcanza a comprender como el Partido Popular y el
PSOE escenifican cruelmente su desamor en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo mientras en el País Vasco el cortejo está a punto de convertirse en idilio. «Son cosas de la política», me decía un amigo cuando comentábamos el desarrollo de la sesión parlamentaria. No, no son cosas de la política, le respondí, son cosas de los políticos que nos han caído en suerte.
Por eso no me extraña el enfado de Juan José Millás en su artículo de hoy en El País, su indignación, que comparto, y la recomendación que hace a la clase política con un rotundo y contundente ¡A trabajar, coño! que le espeta desde la última página del rotativo madrileño.
«En lo que la acción política tiene de relato, comienza a dar muestras de agotamiento insoportables. No se puede ofrecer a los espectadores (a eso hemos quedado reducidos los votantes) el mismo guiso narrativo, recalentado al microondas, durante dos semanas (véase, por ejemplo, el asunto de Kosovo)».
Pero si sorprendente resulta el idilio PP-PSOE en el País Vasco, más sorprendente aún es esto que no sé como llamarlo: PP y ERC firman una moción independentista en Cardedeu. Ver para creer.













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