«Seres de bajo perfil cultural y profesional, expresidiarios, parados, drogadictos, alcohólicos, emigrantes sin patria, solitarios forzosos, pensionistas de menor cuantía cuya pensión no alcanza para comer, arruinados, jóvenes con rechazo social y desarraigo familiar…»
Avenida de Santander abajo, intentaba encontrar una palabra, una frase que definiera lo que acababa de ver. Volvía de conocer el Centro de Acogida que Cáritas tiene en la confluencia de las calles Mariana Pineda y María de Padilla, con la Avenida de los Derechos Humanos al fondo. No sé si será casual, pero resulta llamativo que un centro dedicado a la caridad (si hubiera justicia la caridad sería innecesaria) se encuentre enclavado entre las calles que acercan el recuerdo de una heroína y de una reina, protagonistas ambas de la historia de su tiempo y de la entrega de la mujer a loables causas, como loable es la del personal y voluntariado, principalmente femenino, que presta servicio en ayuda de quienes buscan –y encuentran- cobijo bajo el techo del centro de Cáritas. Y esa avenida, cuyo nombre aproxima la existencia de derechos a quien tanto los necesitan: los desterrados por la sociedad, los que buscan refugio a su soledad, su angustia, su sino, su deambular por las calles y por la vida… Seres de bajo perfil cultural y profesional, expresidiarios, parados, drogadictos, alcohólicos, emigrantes sin patria, solitarios forzosos, pensionistas de menor cuantía cuya pensión no alcanza para comer, arruinados, jóvenes con rechazo social y desarraigo familiar… Hombres y mujeres al fin, marginados, derrotados, taciturnos, deprimidos, entregados, resignados… que componen una singular fauna humana que comienza a sentirse persona al traspasar el umbral de la puerta del Centro de Acogida, abierto las 24 horas del día para atender, entre otros, a los que cambian, aunque sea por una sola noche, el techo de estrellas y las sábanas de cartón por el de la comprensión y la solidaridad, una cama limpia y comida caliente.
Otra cara de la sociedad, otro rostro de la ciudad que se abre al norte aproximándose a la falda del cerro del Otero y que posiblemente viva de espaldas a una lacra propia de otro tiempo pero realidad hoy en el siglo, ¡oh contradicción!, del derroche, cuando el mundo de los sin techo, de los parias de la tierra, se nutre, cada vez con más frecuencia, de gentes que un día saborearon las mieles del bienestar. Quizá por eso el lema elegido este año por Cáritas para presentar su próxima campaña, sea este: “No tener hogar significa mucho más que estar sin techo”.
Las paredes del Centro, insuficientes para acoger a todos los que llaman a su puerta, hablan. Susurran más bien. Las miré con ojos interrogantes y me contaron mil y una historias vividas en noches de insomnio, en jornadas confusas tras confesiones sinceras narrando tragedias. De ellas cuelgan palabras de agradecimiento, torpemente escritas por quien aquí encontró calor humano antes de proseguir su errático caminar. La austeridad que distingue al Centro contrasta con la sensación de encontrarse en un lugar acogedor presidido por la amabilidad de los que en él trabajan. Nada de cuanto veo escapa a mis deseos de conocer los entresijos de una realidad que me supera. Escucho con atención la respuesta a mis preguntas y las reflexiones en voz alta de mis interlocutores hablándome de sus experiencias, de la escasez de medios, de la importancia de las ayudas, de la necesaria concienciación de una sociedad que puede verse abocada a un destino impredecible que lleve a muchos de sus miembros a acabar en lugares como este.
Recogí mi cuaderno de notas, di las gracias por las atenciones recibidas y abandoné el Centro de Acogida. Camino de la Avenida de Santander, giré la cabeza para volver a contemplar el edificio cuyos muros encierran algo más que caridad y miserias humanas. Pensando en ello, se me ocurrió titular este artículo como lo titulo, poniendo énfasis en la palabra proscritos. ¿No son proscritos aquellos a quienes la sociedad condena a la marginación? Diario Palentino, 11-11-08
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Confío (ingenuo de mi) en que los gobernantes lean este texto. Un abrazo.
Trabajé un tiempo de voluntaria en Cáritas y conozco la labor efectiva y silenciosa que lleva a cabo en diversos ámbitos. Gracias a ella, llega a conocer situaciones en las que nadie repara, como las que aquí ha venido a cubrir la residencia Oasis, que acoge a padres ancianos que tienen a su cargo hijos incapacitados física o mentalmente. Cuidaron de ellos durante toda su vida, pero ahora ya se ven imposibilitados por su edad para seguir haciéndolo, y esta residencia evita que tengan que separarse para ser acogidos en centros distintos, de ancianos los padres, y de incapacitados el hijo o hija.
En el 50 aniversario de la virgen de GUADALUPE dijo el papa Pablo-VI- “Dad a vuestra vida cristriana un marcado sentido social” Y digo yo que pasa con el patrimonio de la Iglesia Católica.