Palencia está en fiestas. Se nota en su Calle Mayor, bullicisosa, poblada de gentes que van y vienen sin
destino fijo al reclamo del teatro de calle, del tragaldabas para niños, de exposiciones al aire libre o de la tapa que sirven en tal o cual caseta de las muchas que el gremio de hosteleros ha montado en calles y plazas. Ahora, cuando esto escribo, un cohetón acaba de anunciar la partida bajo mazas de la Corporación Municipal hacia la Catedral, para asistir a la misa en honor de San Antolín, patrono de la ciudad, una celebración tradicional acompañada de la no menos tradicional visita a la cripta que lleva el nombre del santo para tomar un poco de ese agua que dicen es milagrosa. Clero, poder y pueblo de la mano en esta Castilla ancestral, tan habituada a la procesión y a la rogativa como a ver cómo se vacían sus pueblos.
Y no hay fiestas que se precien sin corridas de toros, aunque lo de toros se esté convirtiendo en historia debido a lo poco que de eso tienen los que salen por chiqueros y la nula mención que de ellos hacen algunos cronistas petimetres dedicados a la loa y al botafumeiro. Y luego están los toreros, “pegapasistas ventajistas”, que dijera el maestro de la crónica taurina que fue Joaquín Vidal. Me dicen quienes ayer presenciaron la primera corrida de feria en el Coso de Campos Góticos, que el rey del esperpento, que no es otro que el jerezano Juan José Padilla, dió todo un recital de chulería negándose a dar muerte a uno de los toros que le tocaron en suerte hasta que, tras el segundo aviso, se decidió a montar la espada. Espero la respuesta de la autoridad competente ante semejante actitud y, claro está, la correspondiente sanción.



Ya veo que Vd. disfruta en cantidad y calidad. Me alegro un montón.
Buenas fiestas.
Un beso desde la costa asturiana.