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«Prefiero el tratamiento riguroso de la noticia, la información servida en su justo término, las muestras de dolor sin la pomposidad con la que en este país se rodea a todo lo fúnebre, el respeto a la intimidad de los familiares de las víctimas. Admiro el recogimiento del creyente y su rezo callado, la ayuda desinteresada y las lágrimas del voluntario, el esfuerzo del bombero, del médico o el policía; el silencio respetuoso del agnóstico y la pluma del periodista que huye del dibujo en negro coloreado con la prosa del sensacionalismo. Huyo del catafalco, del responso, de los funerales solemnes, de los homenajes póstumos, de las banderas a media asta, de los días de luto, de los minutos de silencio, de los crespones negros… Huyo, en fin, de la España de la que León Felipe dijera aquello de ‘Españoles: el llanto es nuestro, y la tragedia también, como el agua y el trueno de las nubes’»

Días tristes y dolorosos los que se están viviendo, especialmente por los familiares de las víctimas del trágico accidente aéreo ocurrido en Madrid, accidente en el que han perdido la vida más de un centenar y medio de personas. Nada distinto, salvo la magnitud de la tragedia, a lo que cotidianamente padecen muchas personas tras los accidentes en carretera, tajos o como consecuencia de la pérdida de la vida de tantas mujeres segada violentamente por la mano de un hombre. Nada diferente a lo que sucede en los países en guerra, con hambre, miseria, opresión y barbarie, o en lugares castigados brutalmente por las fuerzas de la naturaleza. Es la vida, la dura y cruda realidad de la vida, que obviamos o hacemos abstracción de ella cuando no se manifiesta a nuestro lado o los medios de comunicación no la llevan a primera página.

Mientras una columna de humo, premonitoria del desastre, se elevaba luctuosa hacía el cielo de Madrid, la maquinaria medíatica se ponía en funcionamiento. Las televisiones se afanaban en acercar a los telespectadores imágenes con la presumible magnitud del siniestro. Internet era un continuo bombardeo de noticias confusas, de cifras estimativas de muertos, de blogueros que se esforzaban por dejar en sus bitácoras referencias a lo que ya olía a conjuro del destino, de la fatalidad y el azar. Las ediciones digitales de los periódicos no daban abasto; las emisoras de radio bombardeaban con noticias sin cesar… Pero faltaba el morbo, la exhibición de vísceras y restos humanos, la morgue llena de ataúdes, el dolor exhibido por los seres que habían perdido a sus seres queridos mostrado en vivo y en directo, como ocurrió en el funesto 11-M, por las cadenas de televisión que, más allá de la información, tan pronto te acercan la tragedia como la frivolidad de los programas basura. Afortunamdamente en esta ocasión no funcionó en vivo y en directo, aunque todo apunta a que se cotizará cualquier imagen que de lo más negro del suceso haya podido captarse. Es el share, la primicia, la pugna por la audiencia…

Prefiero el tratamiento riguroso de la noticia, la información servida en su justo término, las muestras de dolor sin la pomposidad con la que en este país se rodea a todo lo fúnebre, el respeto a la intimidad de los familiares de las víctimas. Admiro el recogimiento del creyente y su rezo callado, la ayuda desinteresada y las lágrimas del voluntario, el esfuerzo del bombero, del médico o el policía; el silencio respetuoso del agnóstico y la pluma del periodista que huye del dibujo en negro coloreado con la prosa del sensacionalismo. Huyo del catafalco, del responso, de los funerales solemnes, de los homenajes póstumos, de las banderas a media hasta, de los días de luto, de los minutos de silencio, de los crespones negros… Huyo, en fin, de la España de la que León Felipe dijera aquello de “Españoles: el llanto es nuestro, y la tragedia también, como el agua y el trueno de las nubes”

Lo importante, como siempre, es estar al lado de los familiares de las víctimas, escucharles y poner a su disposición todos los medios posibles para soportar el dolor y averiguar las causas del accidente. Mañana, un tsunami, otro avión, una mina, la carretera, el sida, el hambre, la guerra, el odio, una pandemia… seguirán cobrándose vidas. Entonces volverán las estadísticas, de nuevo se desempolvará la historia para recordar lo ocurrido años atrás en parecidas circunstancias. Confío en que un reportero valiente, al que luego es posible se derribe de un disparo, un médico, el cura que cambió el olor a incienso por el olor a hambre, el voluntario que eligió como forma de vida el servicio a los demás, el periodista que cubrió la noticia con rigor, guarden en su memoria lo vivido y lo cuenten sin estridencias, sin pasear los efectos del dolor por delante de los oídos del oyente o los ojos del lector y el espectador.

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  3 Respuestas a “Derecho a la intimidad”

  1. De un tiempo a esta parte, la inmediatez de los medios hace que presenciemos estos hechos retransmitidos en directo. Y a mí me parece obsceno contemplar desde mi sillón como mueren personas. Así, como un espectáculo. Se me revuelve el estómago, me avergüenzo de mí misma y tengo que apagar. Ya me ocurrió cuando ardían las Torres Gemelas y me ha vuelto a ocurrir ahora.

  2. Yo también lo prefiero, Tomás. Es horroroso ver el tratamiento que se le está dando en los medios, en un continuo y morboso bombardeo de dolor. Y me revientan también todos esos políticos que van para hacerse la foto junto a los familiares y ponen cara como si les doliese de verdad.

  3. Suscribo totalmente tu entrada y los comentarios al respecto. Desgraciadamente, el espectáculo está por encima del dolor. No podrías haber analizado esta penosa situación con mayor acierto.

    Un saludo y respeto a las víctimas y familiares del suceso.

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