Las huelgas siempre han discurrido entre reivindicaciones y miedos, entre el quiero y no puedo y el puedo y no quiero. Hubo también quienes guardaron silencio con pasiva actitud porque, decían, pasaban de huelgas y manifestaciones. Pero nunca renunciaron estos últimos a los logros alcanzados por los compañeros que se jugaron su salario y su futuro, dando alguno con sus huesos en la cárcel, hasta alcanzar las metas fijadas, que no eran otras que un salario y unas condiciones laborales dignas.
Convendría echar la vista atrás y recordar, aunque sea mínimamente, lo que ha sido la historia del movimiento obrero en España. No imagino una sociedad sin sindicatos, como tampoco la imagino sin organizaciones empresariales. No quiero pensar en lo que serían las negociaciones de las condiciones de trabajo si no fueran colectivas, si patrón y trabajador, frente a frente, las llevaran de forma individual.
La sociedad española tiene un problema grave que deberá afrontar si no quiere regresar al furgón de cola del desarrollo: o cambia el modelo productivo o su futuro será tan oscuro como el tan traído y llevado carbón de sus cuencas mineras.
Una respuesta a “El día después”
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