La panadera que pinta

Envuelta en una bata blanca, que deja al descubierto algo más que sus rodillas conforme camina, avanza sonriente desde el obrador hacia el mostrador con paso firme y cara risueña. Es la panadera saludando efusivamente a la clientela, a la que despide con un rotundo “buen día” después de atenderla con una amabilidad infrecuente por estos pagos.

Un día me dijo que era aficionada a la pintura. Hoy me ha mostrado con orgullo su ópera prima, inconclusa aún, que regalará a su hija con motivo del cumpleaños de ésta. El cuadro, una casa rústica rodeada de flores multicolores que parecen escaparse del lienzo, esboza la misma sonrisa que la autora, la misma alegría, el mismo esplendor que esta mujer madura que huele a pastel y a pan recién cocido… y pinta.

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