Desde la terraza de la habitación del hotel contemplaba el galopar de la luna en cuarto creciente hasta imaginármela llena, tan llena que iluminaba la noche como lo hacía en mi pueblo, cuando regresábamos a casa después de pescar cangrejos, iniciado ya un nuevo día de cualquier verano de mi adolescencia.
Contando estrellas vinieron los recuerdos: el canto del grillo y la cigarra, el murmullo del arroyo, el ulular de la siempre vigilante lechuza… Sonidos de la noche que se perdían río abajo sorteando junqueras, matorrales y alisos; sonidos que acudían a mi memoria a lomos de la añoranza por un sendero iluminado por cientos de cocos de luz -así se conoce en mi tierra a las luciérnagas – que parecían estrellas diminutas, puntos de luz intermitentes alumbrando el camino.
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2 Respuestas a “Los sonidos de la noche”
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Luciérnagas es una bella palabra y, sin embargo, parece que en todas partes buscamos otras para nombrar esas pequeñas y mágicas luces de los veranos. En mi infancia las llamábamos “gusanicos de luz” y eran más visibles en los jardines cuando las restricciones nos dejaban a oscuras a las 12 de la noche.
Delicioso relato lleno de nostalgia.
Las luciérnagas también me llevan a mi infancia y de vez en cuando salen en mis poemas.
Sigamos con los relatos y porqué no se atreve usted con un poema personal, creo que está en racha.
Un beso.