Mis labios treparon por su estremecida piel hasta anidar en la concavidad erógena de su cuello, allí donde nacía el pelo que mecí suavemente con dedos intranquilos, sigilosos… Un poquito más arriba, sus ojos se entrecerraron, arrullados por el susurro de mi cadenciosa voz sucumbiendo entre perfumes que embriagaban mis sentidos.
Recuerdo cómo mis dedos, deseosos de explorar la pubertad de sus curvas, persiguieron dubitativos los botones nácar de la blusa rosa que encarcelaba su pecho en la celda del primer sujetador que orgullosa lucía. Su bello se erizó al sentir el calor de mi mano, que avanzaba temblorosa… como estaba ella.
Los botones se rindieron dejando al descubierto su espalda oliendo a inocencia, a lilas blancas, a pudor… Cayeron sus brazos vencidos por mi insistencia mientras acariciaba la desnudez de su espalda, que palpé nervioso, aturdido… Sus mejillas, de un rojo intenso, la delataron. Su voz apenas fue rescoldo. No la oí. No fue voz, fue susurro lo que surgió de sus labios. Inclinó la cabeza y cerró los ojos reconociendo su adolescente vergüenza. Me resigné. Abroché su blusa mientras mis caricias se perdieron al son de nuestra canción favorita. Lloró, y mi pañuelo acudió presuroso al llanto de sus ojos. Sequé sus lágrimas y cesó su gemido. Nos abrazamos y esbozó una sonrisa…
Sonaba Tu eres mi destino en la gramola cuando nos dimos el primer beso. Más tarde, en el portal de su casa, surgió otro beso. Volvió a llorar y, presurosa, después de exclamar un ¡me gustas!, corrió escaleras arriba. Transcurría el verano de 1963.



Pues tienes suerte, porque mis amigos de la adolescencia están ya muchos de ellos criando malvas…
¡Vaya verano que tenemos, amigo mío! ¿La crisis de los 50… y pico?
No. Volver a las raíces es lo que tiene: Uno se reencuentra con el pasado, con los amigos de la adolescencia, acuden los recuerdos, se evoca aquella década… En fin.