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Un día de abril de 1969 abandonamos Almería a bordo, quiero recordar, del Vicente Pujol, un ferry de línea regular que cubría el trayecto desde la ciudad andaluza hasta Melilla. En la cubierta del barco, a estribor, un joven, rudo él, que apenas balbuceaba unas pocas palabras en castellano, sollozaba sin cesar pensando que tras aquella travesía nunca más volvería a ver los campos de su Lugo natal. No hubo forma de consolarlo. Aquel joven, que aprendió a leer y a escribir en la mili pero fue incapaz de dar ni una sola media vuelta a la derecha o a la izquierda, regresó a su tierra sin tener una idea muy clara de la España variopinta que había descubierto. Su única obsesión era reencontrarse cuanto antes con los suyos, con sus prados y sus vacas. Y digo que regresó a su casa sin tener una idea clara de lo que era España porque no sabía comprenderlo: ni antes, cuando andaba perdido por los montes lucenses, ni después, tras una estancia de varios meses en el norte de África.  Nadie se había preocupado de llevarlo a la escuela –de ahí su analfabetismo- en aquel tiempo en el que cruzar el puerto de Piedrafita era una condena y la Galicia de Franco estaba dejada de la mano de Dios. Una tarde, después de haber dado buena cuenta de unos bocadillos de sardinas y de una botella de tinto Canchollas, un grupo de amigos nos pusimos a divagar en un rincón del Hogar del Soldado sobre la historia de España que nos contaron en la escuela y la que más tarde descubrimos en algún libro prohibido. El joven gallego, al que aceptamos en el grupo, escuchaba con atención todo cuanto decíamos. Ni tan siquiera pestañeó al escuchar la definición que del amor a la patria salió de la boca de uno de los contertulios: “El amor a la patria guarda relación directa con los metros cuadrados de tierra que de ella poseas”, dijo aquel universitario con todas las prórrogas agotadas, soldado que nos superaba en años, saber y experiencia. Tampoco logró entender el muchacho gallego que hubo un tiempo en el que en España se libraban de la mili los que tenían dinero. Y, cuando ya había hecho progresos con su deficiente castellano, preguntó que era aquello de los Planes de Desarrollo de los que nos había oído hablar otro día, aquellos Planes que surgieron cuando el modelo económico del franquismo se había agotado y la clase dominante demandó un cambio de rumbo en la política económica, que no en la social y de libertades, conquista ésta que quedó en manos de la clase trabajadora y de los universitarios, perseguidos por aquellos hombres de gris encargados de abortar cualquier atisbo de protesta.

En aquellas conversaciones llegamos a la conclusión de que no existían solamente las dos Españas de las que habló Machado. Habían surgido otras: una, la de aquellos y sus a láteres que decían amarla por encima de todo, obteniendo pingües beneficios de aquel régimen de manu militari; otra, la de quienes residían en las zonas más depauperadas (Galicia, Andalucía, Extremadura, Castilla…), acostumbrados a ser obedientes hasta en la cama, como canta el grupo Jarcha en su celebérrima Libertad sin ira, muchos de los cuales pasaron a engrosar la legión de maquetos y charnegos que, obligados por la necesidad y una política migratoria destinada en gran media a “anular” la identidad de vascos y catalanes, acabaron sintiéndose vascos los unos y catalanizándose los otros, suponiendo así un duro revés para las pretensiones franquistas.

Finalizada la mili, cada uno tomamos un rumbo diferente. Aquel muchacho de Lugo, carente de aire marcial y sabiendo entonces leer y escribir a duras penas, quizá  tenga ya una idea de lo que es España: un reino en el que nadie recela de que haya otros reinos (el de Valencia, por ejemplo), pero que se irrita cuando alguien pretende definirlo como una nación de naciones (¿qué es la Unión Europea?); un país que en los últimos ochenta años ha tenido tres banderas, tres escudos y tres himnos; un país donde los fantasmas del pasado acechan de nuevo, desempolvando rencores, sembrando odios e intolerancia. Mal camino.

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  Una respuesta a “España como pretexto”

  1. Lo mismo que a ti te gustan mis posts de batallitas nostálgicas, a mí también me gusta este y hacía tiempo que no nos regalabas algo así. Que otros se encarguen de hablar de España y sus banderas, yo acojo alborozada una historia viva de un tiempo pasado.

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