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“Somos propensos a la incontinencia verbal, a la ridiculización del adversario, al ninguneo de la opinión de los otros. Hay quienes todavía hacen suya aquella famosa frase de un banquero que en plena Transición sentenció que no podía valer lo mismo el voto de un obrero que el suyo”.

No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo. Me cuesta entender a esta España nuestra tras conocer el análisis que del resultado de las Elecciones Generales del pasado día 9 han hecho algunos columnistas y no pocos contertulios en distintos medios de comunicación. Y no les cuento lo que se dice en Internet, donde ciudadanos de cierto prestigio social con los que uno se cruza cada día y que pasean buenas maneras por las calles y plazas de esta machadiana piel de toro, menosprecian, al igual que lo hacen en conversaciones de café, a los 11 millones de españoles que ejerciendo su derecho con absoluta libertad decidieron otorgar el voto al PSOE. He leído y oído cosas increíbles, impropias de, como diría Rajoy, “gente de bien”, pues estarán conmigo que gente de bien en este país es la que siempre se ha distinguido por pensar en conservador y amar y respetar al prójimo como a si mismo, tal y como ordena la Santa Madre Iglesia, aunque luego ponga de vuelta y media a ese prójimo en cuanto difiera o disienta de sus postulados. Para muestra no tienen más que conectar cada mañana con la emisora episcopal, ejemplo de tolerancia, bien hacer y mejor decir.

Es entendible, aunque difícilmente justificable, que tras conocer el veredicto de las urnas los excesos verbales se produzcan mientras cada cual saborea las mieles del triunfo o nota el amargo sabor de las hieles de la derrota. Somos propensos a la incontinencia verbal, a la ridiculización del adversario, al ninguneo de la opinión de los otros. Hay quienes todavía hacen suya aquella famosa frase de un banquero que en plena Transición sentenció que no podía valer lo mismo el voto de un obrero que el suyo. Pero lo que no es entendible ni justificable es que, tras el análisis sosegado del resultado electoral, la mentira, la duda y el desprecio a las voluntades ajenas vuelvan a ocupar las páginas de algunos periódicos, el tiempo de no pocas tertulias radiofónicas y la fijación de una parte de la ciudadanía que no acepta o no quiere aceptar lo que es evidente: el legítimo triunfo del PSOE en las pasadas elecciones. La sombra de la intolerancia es alargada y la siembra de la maledicencia ejercitada por algunos durante los cuatro últimos años ha acabado dando sus frutos. Tal es así que ha calado hondo en cierto sector de la población el mensaje lanzado por quienes no asimilan la derrota, por quienes siguen atribuyendo al fenómeno terrorista el resultado electoral. Es comprensible que quienes tienen las posaderas arrendadas se comporten de tal guisa, pero que lo haga una parte de la ciudadanía… El PP no perdió las elecciones de 2004 por los trágicos atentados del 11-M, las perdió por la nefasta gestión que tras ellos hizo y por apoyar una guerra injusta y absurda basada en la mentira. Las del pasado día 9 las ha perdido porque los españoles decidieron que las perdiera y porque su actitud durante la legislatura pasada se basó en la cerrazón y en la discordia. Administrar el triunfo no es fácil, pero por lo que se ve a muchos les resulta imposible digerir el fracaso.

No deja de resultar sorprendente, cuando no pura falacia, leer y escuchar ciertas afirmaciones. Que a estas alturas de la película se sostenga que el triunfo socialista también se debe al apoyo mediático causa risa. Es de sobra conocida la tendencia de cada medio, su ideología y la legítima defensa de la opción por la que apuesta. Basta con gastarse un puñado de euros en adquirir unos cuantos periódicos y ojearles, escuchar distintas emisoras de radio y cadenas de televisión para darse cuenta de qué pie cojea cada uno. Fijar la proporción se lo dejo a ustedes. No resulta difícil establecerla. Y si en un ejercicio de discernimiento diseccionan los editoriales de cierta prensa, los artículos de opinión de ciertos columnistas y el empecinamiento de ciertos políticos y ciudadanos en defender lo indefendible, pueden llegar a la conclusión de que no ando descaminado al titular este artículo como lo titulo. Diario Palentino, 17-03-08

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  4 Respuestas a “11 millones de tontos”

  1. ¡Tomás, tienes toda la razón!

  2. Me ha gustado mucho su artículo. Es un ejemplo de cómo se pueden decir las cosas con seriedad y sin insultar a nadie, algo tan habitual en estos días, sobre todo por parte de ciertos sectores de la sociedad que se autoproclaman “gente de bien”, en contraposición a los que no pensamos como ellos, que no debemos ser de ese tipo de gente. En lo único que no estoy de acuerdo con usted es el calificactivo de “ejemplo de tolerancia” que otorga a la cadena episcopal, porque, aunque sé que lo dice con sarcasmo, puede pensar algún lector que es verdad y nada más lejos de la realidad. Amparándose en la libertad de expresión se dedican a insultar y mentir sin ningún pudor, haciendo caso omiso a ese mandamiento de “no dirás falso testimonio ni mentirás”, que seguro repiten en sus retahilas nocturnas para ganarse el cielo como “gente de bien” que son, no como otros …

  3. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Hemos llegado a un punto que da vergüenza leer y oir las opiniones de algunos que se declaran “hombres de bien”. Qué casualidad! siempre que leo las opiniones más denigrantes corresponden a la derecha más recalcitrante. Resulta muy sencillo recurrir a las malas formas y al insulto, eso cualquiera puede hacerlo. Lo que es un ejercicio de inteligencia, es expresar tus opiniones sin menospreciar al que no piensa como tú. Así que cada uno saque sus conclusiones.
    Por cierto, es un soplo de aire fresco leer tu columna en el Diario Palentino, por todo esto que he dicho anteriormente, sobre todo, si el día anterior he tenido que ver, con pena, como un faltón Jaime Esquete se repite con su único tema antiZP, y escupe por su pluma palabras inventadas, llenas de rabia y malsonantes.

  4. Dicen que saber perder es una virtud, pero parece ser que muchas personas en este país la desconocen o, al menos, no la practican en este caso; y si tenemos en cuenta de qué lado están los perdedores, pues es curioso, ya que ellos son los abanderados de todas las virtudes habidas y por haber.
    Emulando al título de la famosa película: “No es país para viejos” yo diría que España “no es país para tontos” y que once millones de españoles no pueden estar equivocados, así que, señores del PP, busquen entre ustedes mismos las causas del fracaso y no lancen balones fuera buscando culpables ajenos.
    Por supuesto que estoy de acuerdo con usted Sr. Saldaña
    Emma Rosa

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