Aquí, sobre este nuestro solar patrio, tierra de conquistadores y de conquistados, imperio en el que no se ponía el sol, durante las dos últimas décadas han estado cayendo diamantes en forma de ladrillo. Ocurría lo que Gonçalo M. Tavares escribe en El señor Brecht (Ed. Mondadori):
«En lugar de uvas, los racimos del reino dejaban caer diamantes sobre la tierra.
—¡Diamantes, diamantes, diamantes! Hace años que no se ve otra cosa —se quejaba el productor.»
Con tan preciado maná hicieron fortuna los conquistadores; los conquistados fueron meros espectadores del festín, encargados de reponer los platos rotos cuando concluyó la gran comilona. Hoy, tras el fin de fiesta, de los racimos del reino sólo queda el raspón, del que, como no podía ser de otra manera, se quieren apropiar los conquistadores.


