Leía ayer a Maruja Torres (España es un país peligroso / El País Semanal) y conforme avanzaba en la lectura galopaban hacia mi memoria los fantasmas del pasado. Los que crecimos bajo la bota del dictador tenemos cierta propensión a las pesadillas, debido quizá al rescoldo que en nuestro interior dejaron cuatro décadas de nacionalcatolicismo.
«Crecí en una España en la que el miedo era una segunda piel. Pero la esperanza del pueblo y la grandeza de unos líderes políticos forjados en tiempos más duros nos ayudó a que esa piel, seca, saltara de nuestro ser social». Verdades como ésta, que la periodista y escritora catalana desliza en su escrito, acercan a la memoria recuerdos que deberían dormir en el rincón de la historia, realidades que se repiten hoy, miedos que nos acechan y pretenden hacernos retornar a la época en la que fuimos meros súbditos en vez de ciudadanos.
El reverdecer de la España ultramontana, asentada en opiniones e informaciones tendenciosas de algunos medios de comunicación, y el revisionismo al que están sometiendo a nuestra historia reciente los historiadores de pesebre, junto a la pertinaz insistencia de ciertos poderes fácticos y no tan fácticos en correr un tupido velo sobre nuestras miserias como pueblo, podría devolvernos de nuevo al oscurantismo, a la ausencia de libertad, a reeditar aquella España basada en el Ripalda, el Astete y los Principios del Movimiento.
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Una respuesta a “El retorno de los miedos victoriosos”
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En mi ciudad, en pleno centro, está la sede de Falange. Es un piso de un edificio viejo, casi en derribo, y en su balcón hay tres banderas que ya nadie discute si son inconstitucionales porque no hay forma de verlas de la mugre que tienen encima. La sensación que transmite es de algo caduco, medio muerto. Pero la sorpresa ha sido que eso que parece muerto aun es capaz de hacer mucho daño.