Soy poco crédulo. Con el paso de los años se ha instalando en mí cierto escepticismo, cierto abandono de la utopía que profesé en mis años de juventud, lo que no hace, afortunadamente, que deje de creer en el hombre, pues si uno no cree en el ser humano es mejor que busque la forma de huir del mundanal ruido, se convierta en anacoreta y se refugie en la soledad perpetua.
Ese creer en el hombre, con sus virtudes y defectos, me ha llevado en esta mañana abrileña de sol radiante y calles solitarias, mientras disfrutaba de la ribera del Carrión, a reflexionar sobre la aparente ataraxia en la que estamos instalados, ataraxia que, al igual que si hubiéramos abrazado la filosofía de lo escéptico, nos hace parecer entregados en brazos de la imperturbabilidad, en la “suspensión del juicio sobre la realidad” mientras no nos afecte directamente todo lo que está ocurriendo fuera de nuestro entorno más próximo. Y es en éste donde hay que fraguar una corriente menos positivista y más espiritual, entendiendo como tal todo lo relacionado con la tolerancia, la comprensión y la solidaridad y, por qué no, el rescate de la utopía, yendo más allá de la pretensión de alcanzar la felicidad por la vía de lo material.


