Olores de otro tiempo
Me los acerca Juan José Millás con su artículo El libertador, una auténtica perla en la última de El País. Habla en él de jueces y obispos, poder del Estado los primeros, poder fáctico los últimos. Y habla también de olores, aromas de otro tiempo que perduran en la atmósfera social de España. Han pasado cuatro décadas y aún nos cuesta ventear el edificio de la democracia. Da la impresión de que algunos materiales empleados para su construcción, mezclados en la hormigonera de la Transición, no fueron pasados por el tamiz del espíritu democrático. Por eso entiendo a Millás cuando afirma, refiriéndose a jueces y obispos:
«Mientras la justicia funcionara mal, ellos harían y desharían a su antojo, con coartada para justificar toda clase de desmanes. Lo cierto es que jamás se manifestaron por la falta de medios, del mismo modo que los obispos no se manifestaron, en tiempos peores, por la falta de libertad.»
Resulta curioso, cuando no sorprendente, que, como concluye el escritor valenciano, “unos y otros se han caído del caballo ahora mismo, vaya por Dios, en plena democracia y con un Gobierno socialista en el poder. Está bien, más vale tarde que nunca.”

















