Desayuno posnavideño
Leía a Manuel Rivas después de leer a Juan José Millás – al que no pude leer ayer- y para postre reservé a mi paisano José Luis Mellado. Todo ello mientras daba cuenta de una manzana con los ojos puestos en el periódico, hasta que percibí que aquella ya sólo era “carrete”, como popular y metafóricamente denominamos en este pedazo de Castilla a lo que queda de una pieza de fruta cuando se la ha apurado al máximo. Dos platos y postre para desayunar en una mañana de sábado, lluviosa y posnavideña del recién estrenado año 2009.
Dios en Marte, titula Rivas en la última de El País, ha resultado ser un segundo plato indigesto, no por el condimento -la pluma del escritor gallego es exquisita- sino por la esencia misma del plato, por el olor que desprendía y por la sensación que deja en el paladar del alma, intestinos aparte: «La conjura contra Oslo fue un descaro. La paz alcanzada era una mala noticia para los concesionarios del Dios guerrero y para los explotadores del “paraíso belicoso”. El asesinato de Rabin. La humillación al viejo Arafat. El oráculo neocon a toda máquina, inspirando al presidente probablemente más tonto de la historia…»
Con anterioridad, Millás me obligó a mirarme en el espejo del cuarto de baño después de haber saboreado con envidia su Alivio. Una sacudida de recuerdos me invadió. Mudo, sin palabra alguna que acudiera a mi boca, me contemplé en el espejo esperando que me hablase, que aquella figura en él reflejada se transformase en lo que pudo ser y no fue. No fue así; quizá porque no fue lo que pudo ser, aunque ahora me ocurra lo que al escritor valenciano: «De un tiempo a esta parte, veo en todos los espejos en los que me miro a mi padre.»
Abandono los recuerdos y vuelvo al hoy de la mano de Mellado y su artículo en Diario Palentino. Roucco y la gripe es el complemento ideal para el desayuno filosófico literario con el que me he despachado. Tras leerlo, recogida convenientemente la mesa para que mi compañera no me regañe, miro a través del cristal y con la mirada perdida en ese horizonte donde sé está el Monte El Viejo que me oculta la niebla, pienso en el Dios de Rivás, en el padre de Millás y en el mio, y en el significado de estas palabras del escritor palentino: «… hemos recorrido, de la mano de nuestros respectivos idiotas, los caminos de las contradicciones, los de los odios, los del desamparo, los del amor… y, por fin, hemos desembocado en el único territorio que permite cuantas licencias se puedan imaginar para con lo solemne, lo importante, lo serio: hemos entrado en el territorio del humor, en el de reírnos de todo, incluidos nosotros mismos.»














